Para quienes decían “2026 sorpréndeme”, vaya que lo hizo. Aunque, como bien se sabe, en política no hay sorpresas, solo sorprendidos. A pocos días de que termine el primer mes del año, los acontecimientos internacionales se han acumulado y han vuelto a colocar a México en el centro de una conversación global que no pidió protagonismo, pero no puede evadirlo. 
Para bien o para mal, compartimos 3,152 kilómetros de frontera con Estados Unidos y cerca del 80 % de nuestras exportaciones tienen como destino final a nuestro vecino del norte, lo que lo convierte en nuestro principal socio comercial.

Sin duda, la cercanía con Estados Unidos tiene ventajas, pero también conlleva desafíos derivados de compartir frontera con una potencia, cuyas crisis se reflejan en México, generan presiones constantes y refuerzan una marcada dependencia comercial. El reciente Foro Económico Mundial celebrado en Davos dejó ver un desgaste evidente en la posición internacional de Estados Unidos, donde incluso aliados históricos comenzaron a marcar distancia. Las posturas expresadas por líderes como Mark Carney y Emmanuel Macron reflejaron un ambiente de inconformidad frente a una política exterior basada en la imposición y la fuerza, más que en la cooperación y el respeto entre naciones.

Aquel imperialismo estadounidense que se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial comienza a mostrar señales claras de desgaste. El mundo avanza hacia una etapa más fragmentada, en la que potencias económicas emergentes del bloque oriental disputan influencia, redefinen alianzas y cuestionan liderazgos que durante décadas parecían incuestionables. A ello se suma la política exterior que ha marcado la administración de Donald Trump, caracterizada por una postura agresiva, intervencionista y basada en la imposición de aranceles constantes, lo que ha tensado las relaciones comerciales y debilitado los equilibrios tradicionales del sistema internacional.

No podemos dejar de lado que este año se renegocia el T-MEC, el tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá, un acuerdo que ha permitido a los tres países construir alianzas y fortalecer sus relaciones no solo diplomáticas, sino también comerciales. En este contexto, Canadá ha sido claro al señalar que no cederá ante presiones provenientes de la administración de Donald Trump y que mantendrá una política comercial firme y diversificada.

Estamos ante un nuevo acomodo en las relaciones comerciales a nivel global. Hoy México tiene la oportunidad de fortalecer alianzas con economías emergentes, de dejar de mirar únicamente al norte y comenzar a diversificar su economía con países de su propio continente y otras regiones estratégicas.

Seguridad y economía serán, sin duda, monedas de cambio en las mesas de negociación del T-MEC, en un contexto donde las decisiones ya no se toman solo con criterios comerciales, sino también políticos.

El reto para México no será menor. Mantener una relación funcional con Estados Unidos sin perder margen de maniobra, aprovechar su posición geográfica sin caer en una dependencia absoluta y asumir que la geopolítica ya no es un tema lejano, sino una realidad cotidiana En este nuevo tablero mundial, México no puede limitarse a reaccionar, tendrá que decidir si juega, cómo juega y con quién lo hace. Porque al final estamos tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

P.D: Todas mis opiniones son a título personal y no representan postura alguna de mi cargo público.

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