Hablar de nuestras mascotas es, en realidad, hablar de nuestra familia. Ya sea un perro, un gato, un ave o una tortuga, estos seres llenan nuestros hogares de una vida y una alegría que
no se compara con nada. No son solo acompañantes, son seres que nos regalan su cariño sin pedir nada a cambio y que, por lo mismo, merecen que su protección sea nuestra prioridad.

En Coahuila nos sentimos orgullosos de ser pioneros con la Ley de Protección y Trato Digno a los Seres Sintientes. El artículo 4 de esta ley define a los animales como seres que sienten, que reaccionan al dolor y que perciben su entorno.

Reconocer su capacidad de sentir alegría o sufrimiento cambia las reglas del juego. Ya no hablamos de «tener» un animal, sino de asumir la responsabilidad de cuidar una vida.

Protegerlos va mucho más allá de darles comida o un techo, implica atención médica, espacios dignos y sobre todo, tiempo, respeto y mucho cariño.

Quienes compartimos la vida con ellos sabemos que no exageramos. Mis tres perros son mis compañeros inseparables, están ahí en las risas, en los días largos y en los silencios,
enseñándome siempre el valor de la lealtad incondicional.
Pero también debemos reconocer que aún hay mucho por hacer. Las leyes son un gran paso, sí, pero no son suficientes si no van acompañadas de conciencia y compromiso social.

Necesitamos seguir fortaleciendo el marco jurídico para que haya sanciones claras contra el maltrato, mejores mecanismos de denuncia y mayor coordinación entre autoridades y
ciudadanía.

Proteger a los seres sintientes no es una moda ni un tema secundario, es un reflejo de qué tipo de sociedad queremos ser. Una sociedad que respeta la vida en todas sus formas es una sociedad más empática, más justa y más humana. Cuando enseñamos a nuestras niñas y niños a cuidar a sus mascotas, les estamos enseñando también valores: responsabilidad, respeto y amor.

Debemos impulsar campañas permanentes de adopción responsable, esterilización y educación, porque el abandono sigue siendo una realidad dolorosa. Cada animal en situación de calle es una historia de descuido que no podemos normalizar. La protección animal requiere trabajo constante, coordinación y voluntad.

Y también requiere algo muy sencillo pero poderoso: entender que ellos dependen completamente de nosotros. No pueden alzar la voz para defenderse. Somos nosotros quienes debemos hacerlo.

Por eso, seguir trabajando en leyes que los protejan, en políticas públicas que garanticen su bienestar y en acciones concretas que promuevan el trato digno no es opcional, es una responsabilidad moral. Porque cuando abrimos nuestro hogar a una mascota, no solo sumamos un integrante más a la familia, asumimos el compromiso de cuidarlo toda su vida.

Al final del día, más que mascotas, son compañía, son consuelo, son alegría. Son familia. Y a la familia se le protege.