En política no sólo cuentan las leyes; cuentan, sobre todo, las señales. Y las que hoy emiten las cúpulas de Morena son inequívocas: austeridad para el ciudadano, privilegio para la élite. El caso más reciente lo ilustra con claridad. El hijo del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, residió cerca de seis meses en la embajada de México en Londres —cuando su padre era canciller— con un trato propio de huésped VIP.
El propio funcionario lo confirmó: su hijo permaneció en la sede diplomática entre 2021 y 2022, en plena pandemia, gracias a la “generosidad” de la entonces embajadora Josefa González Blanco. No se trató de una estancia simbólica. Diversas fuentes describen hospedaje en la residencia oficial, así como servicios de aseo, lavandería y alimentos. Frente a las críticas, Ebrard apeló a un argumento emotivo —“la preocupación de un padre”—, pero eludió la pregunta central: ¿cuántos estudiantes mexicanos pueden resolver su estancia en el extranjero con los recursos de una embajada?
No es un hecho aislado. Durante el sexenio pasado, José Ramón López Beltrán habitó una residencia de lujo en Houston, propiedad de un ejecutivo de Baker Hughes, empresa con contratos millonarios con Pemex. El caso de la llamada “casa gris” incluso motivó la apertura de una investigación por parte de la Fiscalía General de la República ante posibles conflictos de interés. El mensaje fue contundente: mientras se exhortaba a la población a “abrazar la austeridad”, la familia presidencial mantenía un estilo de vida difícil de conciliar con ese discurso.
Otro episodio involucra a Andrés López Beltrán, conocido como “Andy”. Investigaciones periodísticas han señalado que un grupo de sus cercanos habría accedido a contratos por más de 100 millones de pesos mediante empresas vinculadas a proyectos públicos, incluyendo obras relacionadas con la Comisión Nacional del Agua. Aunque no existen sentencias judiciales por obvias razones, el patrón resulta inquietante: proximidad al poder que abre puertas, acelera trámites y facilita recursos.
A estos casos se suman los de familiares de figuras relevantes del oficialismo, cuyos estilos de vida y oportunidades contrastan con la narrativa de un gobierno “para los de abajo”. Reportajes diversos apuntan a un fenómeno persistente de nepotismo y acceso privilegiado, donde el mérito parece ser sustituido por la cercanía.
Morena prometió erradicar los abusos de “los de arriba”. Hoy, en los hechos, se perfila la nueva élite de los “moremirreyes”: una que convierte embajadas en residencias estudiantiles, casas de contratistas en hogares familiares y la proximidad política en atajo para contratos y cargos. No se trata únicamente de una falta ética; es un deterioro institucional. Cuando el poder concede excepciones a los cercanos, el Estado deja de ser árbitro y se convierte en patrimonio.
La austeridad, cuando es sólo discurso, se agota. Si de verdad se aspira a una transformación, el primer paso no está en el mensaje público, sino en la coherencia privada: en poner fin a los privilegios de los moremirreyes que hoy encarnan, con precisión incómoda, aquello que prometieroncombatir.






