No puedo decir que soy católica desde que nací, porque no recuerdo muchas cosas. Pero digamos que 20 años en la Iglesia, sí puedo tener. Comencé en el catecismo, primero tomándolo y después llevándolo a algunas colonias en Monclova. Después el grupo juvenil de jornadas, misiones en varias ocasiones y aún recuerdo que amaba profundamente ir a misa todos los días cuando me preparaba para servir en algún retiro.

La religión, cualquiera, no es sencilla. Sobre todo porque hay un momento en el que olvidamos que la finalidad es unir, reconciliar, amar, perdonar y nos encontramos del otro lado juzgando, dividiendo y esperando que las cosas sean como nuestra mente humana piensa que deberían ser.

Un caso lamentable las declaraciones del «padre Lázaro» de Monclova. Las últimas celebraciones que viví en la Parroquia de San Juan Bautista de la Salle me incomodaron un poco y siempre regresaba diciéndole a mi mamá lo poco empáticas que me parecían sus homilías. Sé que no es una mala persona pero las fuertes y constantes críticas a cualquier tipo de vida que no se ajuste de manera literal con las escrituras, es motivo de reprobarse. Si «quedas» embarazada, estás reprobada; si te quieres casar embarazada, estás reprobada; si no te casaste embarazada pero después tuviste hijos y te diste cuenta que vivías un infierno con tu pareja y te divorcias, estás reprobada; si decides no casarte, amas salir y divertirte, también reprobada. ¿Entonces?, ¿Quién podrá unirse a la gran familia católica? ¿No se supone que la finalidad es unir y reconciliar con Dios a toda esa gente?

Muchos sacerdotes tendrán sus formas, pero lo cierto es que la Iglesia desde hace algunos años está viviendo una revolución de tolerancia, aceptación, humanidad, empatía… Y hay muchas personas que se están quedando fuera bajo la excusa de haber sido educados cuando los seminarios eran más rudos y radicales en sus enseñanzas.

Yo les pregunto a los padres de familia: ¿Les gustaría que en el momento más difícil de la vida de su hija, una de sus amigas le dijera que «mejor debería estar muerta» y que «su vida ya no sirve para nada»?, no se pide «solapar» nuevas eras y nuevas generaciones, se pide el amor, la empatía y la paciencia con la que un Dios de amor le enseñaría a sus hijos.

Y si vamos a las escrituras podríamos encontrar uno de tantos pasajes… “¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Aprendan lo que significa misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.». Seguramente si Jesús hubiera sido tan duro y selectivo, no existirían la mitad de los Evangelios. 

Y ya si dejamos los sentimentalismos de lado, habrá que recordarle al padre Lázaro –como al resto de la Diócesis–, que los pecadores, los divorciados, las madres solteras, los homosexuales y hasta las mujeres que han abortado… Hacen su ofrenda, la misma que no rechazan con tanta facilidad como a ellos.