Hay una recomendación bastante extraña que circula desde hace años: si tienes que comerte una rana, hazlo temprano y si tienes que comerte dos, empieza por la más grande.

Brian Tracy, en su libro, transmitió a través de una rana, una curiosa metáfora para hablar de productividad: enfrentar primero aquello que más trabajo nos cuesta, lo que incomoda y que por alguna razón, siempre buscamos en posponer para mañana.

La imagen puede parecer extraña, pero hay que reconocerle algo: se entiende perfectamente, porque todos, tarde o temprano, tenemos una rana pendiente; esa llamada que no queremos hacer, una conversación incómoda, el problema que llevamos semanas pateando o la decisión que sabemos que debemos tomar, pero seguimos esperando que, por alguna misteriosa intervención del universo, se resuelva sola.

Y en política pasa exactamente lo mismo. Gobernar es tomar decisiones, algunas son populares, otras no tanto. Algunas producen resultados rápidamente y otras necesitan tiempo para demostrar que fueron correctas, pero gobernar nunca puede significar simplemente dejar los problemas para después.

Porque las ranas que uno no se come no desaparecen… normalmente engordan.
Quizá por eso los buenos resultados rara vez son producto de la casualidad; detrás existen decisiones, planeación, disciplina y sobre todo, la voluntad de hacer lo necesario aunque no siempre sea lo más cómodo.

Lo mismo sucede con los partidos políticos. Es muy fácil hablar de militancia cuando hay elecciones, de territorio cuando comienza una campaña, de unidad cuando hace falta ganar y de ideología cuando alguien pregunta qué nos distingue de los demás.

Lo difícil es hacerlo todos los días. Trabajar cuando no hay campaña, regresar cuando ya pasó la elección, escuchar cuando no hay reflectores, reconocer a quienes llevan años defendiendo una causa, corregir lo que hacemos mal y cuidar aquello que hacemos bien.

Vivimos en una época fascinada por lo nuevo. Nuevos discursos, nuevas plataformas, nuevas estrategias, nuevas formas de comunicar y hasta nuevas maneras de hacer política… ¡y qué bueno!

Los partidos que no evolucionan terminan convertidos en piezas de museo, pero evolucionar no significa olvidar de dónde venimos. Podemos cambiar las herramientas sin cambiar las convicciones, modernizar la forma sin perder el fondo, abrir las puertas sin borrar nuestra identidad.

Porque hay algo que a veces olvidamos cuando las cosas marchan bien: lo que tenemos hoy no está garantizado mañana.

La confianza se puede perder, los resultados se pueden revertir, las instituciones pueden debilitarse y hasta las organizaciones más fuertes pueden comenzar a fracturarse cuando creen que su fortaleza es permanente.

Por eso después de ganar, también hay que trabajar. Hay que cuidar lo construido, fortalecer lo que funciona y corregir aquello que necesita cambiar. La política, después de todo, no debería tratar solamente de conquistar espacios, sino de saber para qué queremos conservarlos.

Y para eso se necesita identidad, militancia, convicciones y carácter, habrá decisiones sencillas y habrá otras que incomoden… algunas tendrán costo, otras requerirán paciencia y seguramente de vez en cuando, aparecerá una enorme rana sobre el escritorio.

Entonces habrá que recordar algo muy sencillo: Las responsabilidades no desaparecen por posponerlas, gobernar exige decidir y liderar también.

Y cuando uno sabe qué representa, qué quiere cuidar y hacia dónde quiere ir, hasta comerse la rana termina valiendo la pena.