En la vida de las ciudades hay figuras que, sin ocupar cargos públicos ni buscar reflectores permanentes, terminan definiendo tradiciones. En Saltillo, Coahuila, uno de esos nombres es el de José Augusto Zamora, originario de Piguamo Jalisco, pero amaba a Saltillo como si aquí hubiera nacido, egresado de la Universidad Autónoma del Noreste (UANE), un hombre cuya presencia en los Festivales de la Paella trascendió la simple participación culinaria para convertirse en referencia de disciplina, autenticidad y respeto por la cocina.
Los festivales de la paella en Saltillo no son eventos menores ni anecdóticos. Constituyen un punto de encuentro social, cultural y gastronómico que ha consolidado una identidad local con influencias internacionales. La paella, platillo emblemático de España, encuentra en este contexto una reinterpretación cuidadosa, donde el reto no es solo replicar una receta, sino honrar su esencia sin perder el diálogo con el entorno regional. En ese equilibrio complejo, José Augusto Zamora destacó de manera consistente. Fue merecedor de muchos primeros lugares e incluso hasta su participación como Juez, esto por su profundo conocimiento del tema
Augusto representaba a la vieja escuela: aquella donde la cocina no se improvisa ni se simplifica. Su aproximación implicaba método, selección rigurosa de ingredientes, dominio del fuego y, sobre todo, paciencia. Entendía que una paella no es un platillo rápido ni tolera atajos. Cada grano de arroz, cada fondo, cada punto de cocción respondía a una lógica que él respetaba con una disciplina poco común. No se trataba de competir por innovación superficial, sino de ejecutar con precisión una tradición que exige conocimiento profundo.
Sin embargo, reducir su aportación a lo técnico sería incompleto. Augusto incorporaba un toque local sin caer en distorsiones. Sabía adaptar sin traicionar, un matiz que muchos pasan por alto. Esa capacidad le valió el respeto de sus pares y de miles de Saltillenses que degustamos sus exquisitos platillos.
Fuera del ámbito competitivo, su legado también se materializó en el punto de venta conocido como “Mariposa Grill”, donde destacó particularmente por la preparación de chamorros. Este espacio no solo funcionaba como negocio, sino como extensión de su filosofía culinaria: calidad constante, sazón firme y atención al detalle.
Pero la dimensión más relevante de Augusto, no se encuentra únicamente en la cocina. Fue un hombre de convicciones claras, resiliente frente a la adversidad y profundamente leal a sus relaciones. Su esposa, Isabel Guerra Fausti, y sus hijos —María Isabel, María José, Mónica Rafael y Álvaro— fueron parte central de su vida, así como sus nietos María, Pablo y José Ángel. En ellos se reflejaba no solo el afecto familiar, sino la continuidad de valores como el trabajo, la disciplina y la cercanía humana.
Quienes lo conocieron coinciden en un rasgo poco común: así como respetaba los tiempos de la cocción, sabía escuchar. En un entorno donde muchos buscan imponer, Augusto acompañaba. Construía amistades duraderas, directas y sin artificios. Esa cualidad, más que cualquier premio, define su estatura personal.
Recordar a Augusto, obliga a reconocer que las tradiciones no se sostienen solas. Requieren individuos que las entiendan, las respeten y las ejecuten con integridad. En Saltillo, la historia de la paella no puede contarse sin su nombre. Su legado no está en una receta escrita, sino en un estándar que difícilmente se iguala.
Augusto, deja como en cada platillo que elaboró, su esencia de Varón Justo y Honorable que deja frutos y todos ellos frutos buenos que seguramente, seguirán el legado de este gran Saltillense por adopción y por Amor.






