Fue en el 2012 cuando lo conocí; llegó en su motocicleta, el cabello ondulado hasta los hombros y pintado de un color rojizo. Vestía con una playera del Che Guevara, pantalones negros y un cinturón de calavera. En aquel año yo era una devota muy entregada (con aires criticones) a la misión de evangelizar.
El padre Adolfo Huerta, mejor conocido como «Gofo» estuvo siempre lejos de la imagen tradicional del sacerdocio. No sólo desafiaba los votos de castidad y obediencia, también incomodaba a los políticos en cada una de sus homilías.
Lejos de todo ese ruido, hizo eco en un estrecho grupo de creyentes: los que querían hacer el bien, pero sin utilizar caretas ni mentir.
El padre Gofo no esperaba que la feligresía aprobará sus decisiones ni su carácter, tenía una cara y decía «con ella debo enfrentar lo que se me presente». En sus inicios, durante su preparación en la Ciudad de México, trabajó con mujeres dedicadas a la prostitución, a quienes lejos de quererlas apartar de ese «mundo de pecado» buscó que, en su entorno, encontraran una vida digna y justa. Siempre respetuoso del andar, de las reglas y de las decisiones de cada persona.
Estoy segura que en su camino revolucionó la vida de más de uno; esta servidora aún conserva sus palabras en ese salón de clases donde nos contó cómo llegó a ser sacerdote, cómo encontraba a Dios y cómo veía el futuro de nuestra sociedad. «La siguiente Revolución deberá ser intelectual, con base en los conocimientos y no en las armas».
Su interpretación bíblica de una forma social lo llevó a no querer ser un mártir, sino a vivir para poder luchar.
La neta, dentro de una iglesia, que por historia ha lastimado, destruido y rechazado; la sinceridad y transparencia de alguien como Gofo, pudo sentirse como una bocanada de aire fresco para los corazones de tantos feligreses que en sus palabras encontraron la aceptación de Jesucristo; quien, en caso de que se nos olvide: entendió, aceptó y amó a pecadores, prostitutas y enfermos.
Deseo que, siendo o no católicos, tengamos el valor de luchar por la justicia con nuestra verdadera cara, nos lleve a dónde nos lleve la lucha.
¡Hasta pronto, padre Gofo!






