Los liderazgos se hacen con ejemplo, visión y trabajo diario. Quien tiene un líder de peso, puede sentirse seguro en sus afanes y sus propósitos.
En la política los liderazgos no solo se sienten, sino se ejecutan, y tal es el caso de Miguel Ángel Riquelme, gobernador de Coahuila.
El peso de sus decisiones beneficia en áreas prioritarias de la calidad de vida como la seguridad, salud, empleo, todo un esquema integral de buen oficio, de buen gobierno.
En política, su partido es el más beneficiado en las dos últimas elecciones. El PRI es ejemplo nacional y su bastión es Coahuila.
Por eso se equivocan quienes, desde Torreón, comienzan a ver lo que no es: el único que tiene la fuerza del líder es Riquelme y nadie más.
Y su decisión se nota y se siente, apoyada por la visión del escenario de la elección para gobernador, la guerra de todas las guerras.
Y su decisión se llama Manolo Jiménez, alcalde de Saltillo. Para una batalla así, es el mejor, no hay otro.
Y esa lectura debe quedar clara para quienes, desde ahora, alientan otras opciones laguneras.
¿Por qué? Porque el primer priista sabe que solo con unidad, podrá enfrentar el enfermizo deseo del presidente López Obrador de que Morena y su candidato, le quiten al PRI su bastión de poder que es Coahuila y desde donde puede resurgir una nueva corriente de reivindicación de ese partido político hacia todo el país, bajo el liderazgo de Riquelme, un liderazgo ganado a pulso con trabajo.
Por eso Riquelme, ya desde ahora, alienta el objetivo de que, tanto en Torreón, como en Saltillo, los alcaldes electos: Román Alberto Cepeda, José María Frausto y Norma Treviño Galindo hagan las mejores administraciones.
Porque como dice Riquelme: la mejor campaña política, son los resultados del trabajo diario en cada administración, federal, estatal o municipal.
Que no se equivoque, el único líder que ya decidió es Riquelme, en Torreón y en Coahuila.







