Encontrar el hilo negro al crear cualquier tipo de arte no es solamente algo sumamente complejo, si lo pensamos, en realidad es una proeza prácticamente imposible, no porque la creatividad del autor no exista, sino porque parece que todas las maneras de abordar temas ya fueron hechas hace años, lo cual no necesariamente es malo, ya que pone a trabajar a la creatividad y nos obliga a buscar mezclas que toquen temas y argumentos desde perspectivas que no habíamos pensado.
Tomar una historia clásica, como Drácula de Bram Stoker, adaptarla a tiempos modernos y darle un giro argumental, centrándose en uno de los personajes que en la novela original no necesariamente tiene una relevancia abismal, podría parecer un boleto directo al fracaso, pero Renfield vino a dar una bocanada de aire fresco al demostrarnos que tal vez solo hace falta un poco de audacia para romper con algunas reglas, pero sin necesariamente arriesgar de más y alejarse de los convencionalismos que el autor decida cumplir.
La cinta dirigida por el estadounidense Chris McKay, sí, el mismo que se encargó de The Lego Batman Movie, nos cuenta la historia de Renfield, un joven que lleva décadas siendo el sirviente de Drácula, con quien ha desarrollado una relación bastante tóxica y llena de abusos por parte del vampiro. Nuestro protagonista tratará de escapar de las garras del conde y llevar una vida lo más normal.
Si bien hemos visto diversas adaptaciones de Drácula en la pantalla grande (Nosferatu, Drácula 2000, Van Helsing, etc.), Renfield actualiza la historia en un momento actual, donde socialmente nos cuestionamos sobre las relaciones abusivas, el narcisismo, nuestra libertad como individuos y los roles que perpetuamos ¿Muy serio? Tal vez, pero el tono que maneja desde el primero minuto nos hace conectar con una trama fársica, llena de humor negro, baños de sangre exagerados y secuencias de acción muy a la Kingsman.
El argumento comienza con la típica ruptura de la cuarta pared, donde el narrador establece la historia, sí, un cliché, pero no uno de esos que molestan, sino de los que agradeces porque logra forjar una convención entre los espectadores que siguen un tipo de cine un tanto más relajado, pero bien cimentado, como Dance of the Dead, pero con puntos serios que no duran mucho y son rotos por comedia básica, pero útil.
La certeza de saber que no necesariamente estamos frente a algo sumamente complejo ayuda al espectador a relajarse y a no tomar tan en serio la historia, acierto al que se suman los tres actos de la cinta, aunque con algunos agujeros argumentales que tratan de cerrar de manera forzada con diálogos durante el cierre de la película, la que tampoco busca extender de más las secuencias y la duración concretando en una hora y media todos los absurdos funcionales en pantalla.
La fotografía y toda la producción no buscan vender otra cosa que no sea una cinta de divertimento sin mucho miedo a hacer al ridículo, la utilización de colores neones exagerados y los decorados plásticos nos acercan mucho más a un Nuevo Orleans muy allegado a la Ciudad Gótica de Tim Burton, lo cual, de nuevo, no es una queja.
El CGI falla en algunas partes de la cinta y es demasiado evidente que lo que estamos viendo en pantalla no es real, pero, y no es por defenderla, si entras en la convención de la cinta, ignoras un poco el punto y hasta perdonas las fallas, las cuales no se ven hechas por equivocaciones o falta de tiempo o talento, simplemente es la manera que el estudio trabaja y para lo que alcanza en esta cinta.
Las actuaciones de Nicolas Cage como Drácula y Nicolas Hoult, a quien vimos trabajar en The Menu, como Renfield dejan un sabor de boca agradable, a pesar de todas las exageraciones a las que Cage ya nos tiene acostumbrados. El consagrado actor se divierte en pantalla y convence de ser el verdadero conde de las tinieblas, mientras que su coprotagonista es un ancla interesante entre la modernidad actoral y el compromiso para representar un personaje el cual es el recipiente de odio y abuso.
Con temas musicales que decoran las escenas de manera plausible, la cinta se siente a momentos como un video musical en el que estamos inmersos sin poder salir fácilmente; para los amantes de My Chemical Romance, escuchar Na Na Na en una cinta de vampiros les parecerá un momento casi poético.
No estoy diciendo que Rnfield sea la sorpresa del año y haya roto paradigmas o llevado el séptimo arte a un nuevo escalón donde se ve lo sublime que puede llegar a ser el cine, tampoco es un guion brillante o sumamente arriesgado (de hecho hay bastantes baches en el camino que pasas por alto), esta producción edifica una película que no busca mentir, que quiere divertir y que demuestra que sí hay formas de abordar con respeto temas, personajes y tramas ya tocadas.
Si lo tuyo son cintas como Kick Ass, Kingsman o El Día de la Bestia, sin duda Renfield es para ti y te parecerá una genialidad que no dejarás de recomendar a tus amigos, pero si los baños de sangre, las exageraciones, los ridículos y los insectos no son de tu agrado, lo mejor será que la dejes pasar de largo. Una cinta que dividirá opiniones, pero con un presupuesto de 65 millones de dólares (una cuarta parte que cualquier cinta de Marvel), sí destaca de manera positiva.
Calificación: 7.8






