La caída del WhatsApp, del Facebook y del Instagram, nos muestra la dependencia hacia las redes sociales y la angustia que se desprende de habernos vuelto vulnerables.

Más, para las nuevas generaciones que dependen en los afectos y de las emociones de la red, sin que medie la negación, es su tiempo y las ventajas de la modernización y las desventajas de estar bombardeados por tanta información, buena o mala.

Fueron casi seis horas sin esas aplicaciones y se sintieron las seis, como antes.

Y es que la vida corre rápido, las horas veloces, no tanto por lo que hacemos, sino por sentirnos adictos a la información y a la comunicación interactiva.

Antes no necesitabas enviar la ubicación y te ubicaban, te quedabas de ver a tal hora y en tal lugar, y así era. La información era solo por televisión, prensa y la radio, y era restringida.

Hoy todo es vertiginoso, rápido y la interacción es cada vez menos sobre la profundidad de un tema y la atención personalizada.

Aunque se reúnan dos, de pronto cada quien usa su celular y comienzan a interactuar con otras personas e ignoran a quien lo acompaña.

La caída de las aplicaciones más usadas, cayeron como anillo al dedo –como dijo AMLO de la pandemia– para mostrar también nuestros miedos, pero al mismo tiempo alargaron las horas, aunque solo hayan sido seis.

La modernidad de las redes es irreversible y habremos de aprovechar sus ventajas. Sus desventajas ya las sentimos.