Hay algo fascinante en la política mexicana: nadie sabe exactamente qué va a pasar, pero cada vez más personas actúan como si ya lo supieran.

Basta con que aparezca el primer movimiento para que comience el desfile. Los que hace meses estaban desaparecidos reaparecen. Los que juraban que nunca regresarían regresan. Los que criticaban las estructuras ahora quieren dirigirlas. Y los que hace una semana hablaban de unidad hoy ya andan midiendo cortinas para su oficina.

Es la temporada favorita de la política: cuando todos empiezan a volar o al menos a intentarlo, por eso el título de esta columna.

Porque pocas cosas describen mejor algunos momentos de nuestra política que una enorme parvada de patos.

Uno pato despega, dos lo siguen, cinco más no saben exactamente por qué, pero tampoco quieren quedarse atrás. Y de repente todos van en la misma dirección… o al menos aparentan ir.

Y hoy México ya está entrando en la conversación política de 2027 y aunque algunos todavía quieren ver las elecciones intermedias como una simple escala rumbo a 2030, la realidad es que serán mucho más que eso.

Las intermedias siempre terminan funcionando como una especie de detector de humo de la política mexicana, no deciden todo; pero avisan muchas cosas, miden gobiernos, miden partidos, miden liderazgos, miden estructuras y sobre todo, permiten contrastar la narrativa que se cuenta con la realidad que vive la gente.

Por eso comienzan los movimientos, todavía discretos, todavía medianamente ordenados… pero movimientos al fin.

Habrá quienes cambien de camiseta sin cambiar de ideas; habrá quienes cambien de ideas sin cambiar de camiseta y también habrá quienes descubran convicciones tan repentinas que ni ellos mismos sabían que las tenían hace tres meses… nada nuevo.

La política mexicana tiene una capacidad extraordinaria para producir conversiones instantáneas. Lo verdaderamente interesante será distinguir quién se está moviendo porque tiene un rumbo y quién simplemente está siguiendo el vuelo de la parvada.

Hoy mas que nunca hay cosas que el tiempo termina demostrando una y otra vez; El ruido no es organización, la popularidad no es estructura y los likes no votan.

Vivimos una época donde algunos creen que una elección puede ganarse desde un celular, o como si una buena fotografía sustituyera el trabajo político, como si una tendencia sustituyera la confianza y como si una publicación viral pudiera reemplazar años de presencia y construcción.

La realidad suele ser bastante menos romántica, las elecciones siguen construyéndose donde siempre: en la calle, en la conversación, en la confianza, en la organización y en la capacidad de cumplir la palabra.

Lo demás ayuda, pero no reemplaza y ahí es donde muchos proyectos comienzan a confundirse, porque una cosa es llamar la atención y otra muy distinta es generar respaldo. 
Una persona puede ser famosa sin necesariamente ser influyente, puede ser conocida sin necesariamente generar confianza, puede ser tendencia durante una semana y descubrir meses después que las redes sociales y las urnas hablan idiomas completamente diferentes.

La diferencia parece pequeña hasta que llega el momento de contar votos, entonces se vuelve enorme. Por eso 2027 será particularmente interesante. No solamente por los cargos que estarán en juego, sino porque obligará a quienes participan en política a responder una pregunta bastante incómoda: ¿Qué construyeron cuando no había elección?

Porque cuando llega una campaña cualquiera puede contratar publicidad;  cualquiera puede organizar un evento y cualquiera puede llenar las redes sociales de fotografías.

Lo difícil es construir cuando nadie está viendo. Lo difícil es generar confianza cuando no existen reflectores, lo difícil es mantenerse presente cuando todavía falta mucho para encontrar nuestro nombre en una boleta; Ahí es donde empiezan a separarse los proyectos serios de los proyectos decorativos.

Y quizá esa sea una de las lecciones mas importantes rumbo a 2027: en política, la constancia suele pesar más que la emoción. Las emociones hacen ruido pero la constancia construye. Por eso veremos muchas alas agitándose durante los próximos meses, muchos vuelos improvisados, muchos expertos recién graduados y muchos estrategas que hace seis meses estaban hablando de otra cosa.

Y muchos otros que comenzarán a caminar exactamente hacia donde caminen los demás, no necesariamente porque estén convencidos de la ruta, sino porque quedarse quietos cuando todos avanzan produce una extraña sensación de estar perdiéndose algo.

Será interesante observarlo, pero también debería servirnos para reflexionar. Porque quizá el verdadero reto rumbo a 2027 no sea únicamente decidir quién debe avanzar, sino detenernos primero a pensar hacia dónde queremos avanzar.

No todo lo que se mueve progresa, no todo lo que hace ruido tiene razón y no todo lo que muchos siguen, necesariamente lleva al lugar correcto.

En política —como en la vida— resulta cómodo seguir la parvada. Pensar cuesta más, cuestionar incomoda y detenerse a entender hacia dónde vamos, exige criterio propio.

Y tal vez hoy necesitemos justamente eso: menos prisa por seguir y más tiempo para observar; menos ruido y más preguntas; menos decisiones tomadas simplemente porque “todos van para allá”.

Porque cuando uno vuela detrás de los demás sin preguntarse el destino, puede recorrer kilómetros y aun así terminar en ningún lado. Hoy mas que nunca la parvada seguirá volando y siempre habrá alguien marcando una ruta y muchos mas dispuestos a seguirla.

La gran diferencia estará en quienes, antes de levantar el vuelo, se atrevan a preguntar hacia dónde vamos… y para qué.