He pasado muchas horas al volante, levantando polvo, esquivando piedras, entrando en terrenos que nunca sabes cómo van a responder. Y con los años entendí algo muy sencillo: el off-road me enseñó más de la vida que muchos libros. De joven uno piensa que todo es acelerar.
Después entiendes que hay momentos para frenar, mirar y elegir la línea correcta. No todos los caminos salen como los planeas. Hay fallas, errores, atascadas, y entonces sólo tienes dos opciones: quedarte en el error o resolver y seguir.
Yo, elijo seguir. También me enseñó humildad. El camino no respeta credenciales; te pone en tu lugar si te confías. Y quizá lo más importante es que nunca llegas solo.
Siempre hay alguien detrás, apoyando, empujando, esperando que llegues. Después de tantos kilómetros, tanto polvo, tantos tropiezos y tantas alegrías, confirmo algo muy simple: La vida es como una ruta de tierra.
No sabes bien cómo vendrá, pero puedes aprender a manejarla. Y hoy, a mis 66 años, sigo disfrutando escuchar un motor encenderse su olor y ver un camino de tierra frente a mí eso es realmente fabuloso, pero ahora sé que detrás de ese camino hay algo más que una carrera.
Hay una manera de vivir un estilo de vida. Porque al final, lo importante no es solo llegar a la meta, sino en quién te conviertes mientras la recorres. Sobre todo eso en quien te conviertes.
Recuérdalo bien lo importante no es solo llegar a la meta, sino en quién te conviertes mientras la recorres mientras vas a toda velocidad. Y cuando algún día Llegue el momento de mirar por última vez el camino andado, no quiero recordar cuántas veces gané, ni cuántas veces llegué primero.
Quiero recordar a quienes viajaron conmigo, las veces que me levanté después de caer (12 operaciones ) y cada camino que me trajo hasta aquí.
Porque la vida, igual que el off-road, un día llega a su última meta. Y cuando eso pase, lo que de verdad importará será mirar hacia atrás, ver nuestras huellas sobre el polvo y poder decir, con el corazón lleno: valió la pena el camino.






