La realidad del PRI nunca había sido tan grave. Ha perdido todos los estados ante Morena y su posición es débil en la cámara de diputados y en el senado.
Sí, es la bisagra que abre o cierre la puerta a las iniciativas del presidente morenista López Obrador, pero esa bisagra está podrida.
La conforman Alejandro Moreno y Rubén Moreira. Ambos tienen en su pasado como gobernadores, el botón que aprieta López Obrador para que el PRI apoye sus iniciativas como la eléctrica, aún y cuando otros priistas están en contra por considerar que es un retroceso, porque, como ejemplo, va contra las energías limpias y la inversión privada.
Cierto es que si el presidente López Obrador detectó corrupción en el ingreso del capital privado, debe sancionarlo con cárcel a los responsables, pero no borrar de un plumazo el avance en ese sector prioritario.
Es como si usted ve una manzana podrida y corta todo el árbol.
El PRI de Alejandro y de Rubén lo saben, pero les importa más no ir a la cárcel que traicionar a su partido político que los encumbró hasta donde están, sin que debieran estar.
Y es que no sólo ellos, sino los anteriores dirigentes, también tiene mucha cola que les pisen.
Pero el PRI debería ser realmente oposición e ir hasta donde tope, de lo contrario desaparecerá.
Ser oposición, aunque las consecuencias sean tirar a la dirigencia actual y crear una nueva. Ser oposición, aunque ahorita este secuestrado.
Que otros priistas levanten la voz y que los que lo han hundido se hundan. Solo así, este país podrá sostenerse sin caer al populismo.
Al PRI lo mejor que le podría pasar es la expulsión de Alito y de Rubén Moreira.






