Veracruz.- Con tan solo 11 años, Salomón llegó solo a las oficinas del Registro Civil de Boca del Río, Veracruz, con una pregunta que muchos niños de su edad no deberían hacerse: “¿Cómo consigo mi acta de nacimiento?”. Nacido en una comunidad rural del municipio de Jesús Carranza, su llegada al mundo fue atendida por una partera en casa, y tras la muerte de ella, su existencia quedó fuera de los registros oficiales. Sin escuela, sin atención médica y sin derechos legales, el niño creció en el anonimato, arrastrando una ausencia silenciosa: la de no tener nombre ante la ley.

Durante años, la falta de identidad le impidió estudiar, pero nunca abandonó el sueño de aprender. Fue una vecina quien, al explicarle la importancia del acta de nacimiento, encendió la chispa que lo llevó a presentarse solo ante la autoridad civil. El personal del Registro Civil se conmovió al escuchar su historia y, tras localizar a sus padres —separados y sin contacto frecuente—, comenzó el proceso para otorgarle oficialmente lo que nunca debió faltarle: su derecho a existir legalmente.

Un mes después, Salomón recibió su acta de nacimiento y con ella, la posibilidad de asistir a clases por primera vez. Su historia es una muestra del rezago que aún existe en México en el registro de menores, pero también un recordatorio del valor que puede tener un simple documento para cambiar la vida de un niño. Salomón no solo obtuvo una hoja con su nombre, sino la llave para entrar, por fin, al mundo que le había sido negado desde su primer día.