Morena llegó prometiendo separar el poder político del poder económico. Lo repitieron tanto que algunos hasta quisieron creerles. Pero luego aparecen personajes como Antonio “Tony” Flores y su hermana Tania para recordarnos que, en la llamada Cuarta Transformación, esa separación puede resolverse de una manera mucho más sencilla: concentrando ambos poderes en la misma familia.
El caso de los hermanos Flores parece un catálogo ilustrado de las contradicciones del oficialismo. Mucho discurso sobre los pobres, mucha consigna contra los privilegios y mucha austeridad para los demás. Mientras tanto, Tony Flores se hizo conocido nacionalmente no por defender una causa social, sino por pasearse en un Lamborghini por las calles de Múzquiz. Porque, aparentemente, no hay mejor manera de representar al “pueblo bueno” que hacerlo desde un automóvil cuyo precio equivale a décadas de salario de cualquier trabajador.
Pero la ostentación es apenas la parte pintoresca del expediente. Tania Flores, exalcaldesa de Múzquiz, fue vinculada a proceso por presunto peculado y enfrenta también una causa por ejercicio abusivo de funciones. Las investigaciones se relacionan con supuestas irregularidades en la asignación de obras y contratos públicos, así como con un presunto desvío de hasta 280 millones de pesos durante su administración. Por supuesto, sus aliados ya hablan de persecución política. En Morena, cuando un adversario es investigado se llama justicia; cuando investigan a uno de los suyos, se llama conspiración.
La historia familiar también incluye contratos millonarios con la Comisión Federal de Electricidad y una fórmula que describe bastante bien la nueva política mexicana: Tony en los negocios, Tania en el gobierno y Morena como vehículo para convertir influencia económica en posiciones públicas. De acuerdo con versiones periodísticas, la estructura se habría sostenido precisamente sobre esa división de funciones: uno manejaba la parte empresarial y la otra la operación política. Toda una empresa familiar, solo que financiada —directa o indirectamente— alrededor del poder público.
Tony, además, ha enfrentado señalamientos especialmente graves. Su candidatura fue registrada por Morena y sus aliados pese a acusaciones de presunto abuso sexual difundidas a partir de documentos judiciales de Estados Unidos. También un testimonio incorporado a un expediente en Texas lo señaló por una supuesta participación en la entrega de un vehículo que transportaba marihuana hacia territorio estadounidense. Hasta ahora no se ha informado de una sentencia en su contra por esos hechos, pero los señalamientos bastaban, por lo menos, para exigir explicaciones y aplicar filtros políticos serios. Morena prefirió entregarle una candidatura.
Y cuando la autoridad intentó revisar un vehículo blindado que circulaba a exceso de velocidad, los hermanos intervinieron, según la Fiscalía, con amenazas e insultos. Después denunciaron abuso y persecución. Es decir, el guión de siempre: primero utilizar el cargo como escudo y luego presentarse como víctimas cuando la ley pretende tratarles como a cualquier ciudadano.
Los hermanos Flores no son una anomalía dentro de Morena; son una síntesis. Representan el discurso de humildad acompañado por la ostentación, la defensa de los pobres combinada con negocios millonarios, y la promesa de honestidad rodeada de acusaciones por peculado, tráfico de influencias y abuso de poder.
Decían que no eran iguales. Y tienen razón: son peores y mucho más descarados.






