Coahuila, por su dinámica económica, registra un crecimiento de inversiones y de empleos a pesar de los efectos negativos de la pandemia, pero hay un enorme y grave pero. Consiste en la enorme deuda de 37 mil millones de pesos que arrastra desde el sexenio de Humberto Moreira y que le impide el crecimiento en obra pública, en bulevares y puentes, en nuevos centros de salud, en más escuelas, en muchas obras que son necesarias para elevar la calidad de vida de sus ciudadanos.
Durante los sexenios de Rubén Moreira y el actual de Miguel Ángel Riquelme, se sigue pagando el interés de la monumental deuda y no en el capital. En consecuencia, ambos mandatarios se han visto imposibilitados para ejercer su función con obra pública que necesita Coahuila. El nivel de rezago es cada vez es mayor en relación a otros estados que tienen deudas menos pesadas, la de Coahuila es una enorme piedra.
Ni aún con la austeridad gubernamental se ha podido invertir dinero, porque no se tiene.
Es como si usted debe una enorme cantidad de dinero al banco y solo le queda para lo indispensable y no puede construir una recámara más.
En el futuro, ese es el gran reto del próximo gobernador o, de lo contrario, seguiremos sin obra pública de gran nivel que potencialice a Coahuila hacia los primeros niveles de crecimiento que ya tienen otras entidades y que se basa en el bienestar de sus ciudadanos en todos los aspectos, tales como servicios básicos, transporte, calles, puentes, escuelas, centros de salud, entre otros.
La reestructuración de la deuda, con una estrategia de fondo y que no solo contemple el pago de intereses más bajo y a mayor plazo, es el reto a alcanzar.
De lo contrario, la enorme piedra seguirá como la principal causa que impide el crecimiento de nuestro estado.
Quien se anime a entrarle de fondo a la solución a mediano y a largo plazo, también deberá contemplar los efectos del castigo a los responsables de la deuda. Efectos negativos, pero también positivos.






