La jornada de vacunas para mi generación ya comenzó en mi país. Tengo 29 años y en varias ocasiones pensé no vacunarme. Pero, antes de tomar una decisión pregunté a mis amigos, profesionales e hice una profunda investigación sobre lo que implica no vacunarse. 

Para mi fortuna encontré grupos antivacunas que desde hace años vienen empujando una agenda en contra de ellas (analizaremos sus razones) y amigos que tienen vagas razones del porque no se pondrán las vacunas. 

Quédate y descubre cómo los grupos antivacunas interactúan y sobreviven en un mundo de pandemia. 

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Antivacunas en pandemia 

Al mismo tiempo que la comunidad científica se encuentra inmersa en la búsqueda de una vacuna frente al SARS-CoV-2, un pequeño pero ferviente movimiento antivacunas le hace frente. 

Sus miembros están expandiendo mensajes de diversa índole: las vacunas frente al coronavirus pretenden implantar microchips o una mujer participante en los ensayos clínicos falleció tras recibir una dosis de la vacuna. 

Además, circulan  videos en YouTube con más de ocho millones de visitas que promueven el mensaje de que las vacunas mataran a millones de personas. 

Según expertos en comunicación y en movimientos antivacunas, estas noticias pueden socavar los esfuerzos para alcanzar una inmunidad poblacional frente al coronavirus.  Estos grupos son pequeños de tamaño pero su estrategia de comunicación on line llega a los lugares más lejanos, además de ser extremadamente efectiva. 

Buscando conocer las razones del porque no vacunarse me encontré páginas antivacunación que tienden a tener menor número de seguidores, pero aun así, son más numerosas que las provacunación y con más enlaces a foros de discusión de otras páginas de Facebook, Twitter y Reddit. 

También encontré que las comunidades antivacunas están muy implicadas con los grupos de indecisos; captando también ese público.

El profesor de salud pública en la Harvard TH Chan School of Public Health, Barry Bloom, ha comentado que la COVID-19 se extinguirá antes que los movimientos antivacunas. Antes que achantarse, la pandemia los ha vigorizado. Lo ejemplifica con los cientos de personas que en Wisconsin (Estados Unidos) se manifestaban días atrás en contra del confinamiento portando pancartas contrarias a la vacunación y de la cobertura que algunas televisiones –Fox News– están prestando al movimiento.

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Desde que comenzara la pandemia ha habido una afluencia de visiones extremistas provenientes, especialmente, de los que sospechan que existe un control gubernamental sobre todo lo demás. Con la reticencia en su punto más álgido, junto a la mala situación económica, el escepticismo a las medidas del gobierno y la irritación por el confinamiento, aparecen las oportunidades para que los antivacunas se dirijan a los más influenciables y vulnerables.

Un punto muy sensible es el de la rapidez en disponer de una vacuna pandémica: la comunidad antivacunas se agarrará a cualquier cosa que no haya ido bien y la utilizarán para generar temores. A ese respecto, Heidi Larson, directora del Vaccine Confidence Project de la London School of Higyene and Tropical Medicine ha dicho que una de las preocupaciones más importantes es que las nuevas vacunas frente al SARS-CoV-2 se desarrollen muy deprisa y que no sean lo suficientemente seguras. Las prisas se utilizarán como argumentos y evidencias de una pérdida de derechos civiles. 

El movimiento antivacunas no dudará en apuntar a la corrupción política y a las grandes firmas farmacéuticas si, en el caso de disponer de una vacuna, fueran los adinerados los primeros en recibirla.

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¿Qué dice la historia de las vacunas?

Académicos de la salud y de la medicina han descrito a la “vacunación” como uno de los diez máximos logros de la salud pública durante el siglo XX. Sin embargo, la oposición a la vacunación surge desde que se descubrió la misma. 

La vacunación generalizada contra la viruela comenzó a principios de 1800, después de los experimentos que hizo Edward Jenner, donde demostró que podía proteger a un niño contra la viruela si lo infectaba con la linfa de una ampolla de ésta.

 Sin embargo, las ideas de Jenner eran novedosas para su época, y de inmediato surgió la crítica pública, que se basaba en razonamientos variados e incluía objeciones sanitarias, religiosas, científicas e incluso políticas. Muchas personas objetaban la vacunación porque creían que atentaba contra su libertad, una tensión que empeoró cuando el gobierno en 1853 desarrolló políticas para la vacunación obligatoria. 

La Ley ordenaba la vacunación para bebés hasta de 3 meses de edad, que después se amplió a los 14 años. Hacia el final del siglo XIX, los brotes de viruela en Estados Unidos condujeron a campañas de vacunación, pero también a actividades relacionadas en contra de aquellas.

 En 1970 surgió una controversia internacional derivada de la vacuna DTP en Europa, Asia, Australia y América del Norte debido a que se declaró que 36 niños habían sufrido problemas neurológicos después, incluso en documentales como “La ruleta de la vacunación” describía supuestas reacciones adversas a la inmunización y minimizaban los beneficios. Después de casi 25 años de esa controversia, Inglaterra nuevamente fue el centro de actividades en contra de la vacunación, pero esta vez por la MMR (vacuna contra el sarampión, paperas y rubéola). 

En el cual el médico británico Andrew Wakefield sugirió investigar más a fondo una posible relación entre las enfermedades de colon, autismo y la vacuna MMR. Todo esto ocasionó miedo del público, pero fue hasta el 2004 cuando se descubrió que Wakefield tenía un conflicto de intereses y que se le había pagado por indagar en el tema. Hoy en día este movimiento sigue vigente ya que desde el 2008 se ha incrementado la negativa de los padres a vacunar a sus hijos, incluso Francia es el primer país con mayor número de personas que rechazan las vacunas, seguido de Bosnia, Rusia, Mongolia, Grecia, Japón y Ucrania. 

La Organización Mundial de la Salud estima que evitan entre 2 y 3 millones de muertes cada año. Las causas de la “no vacunación” en nuestro país provienen principalmente de la falta de información, de la insuficiencia de los mensajes y de la falta de decisión de los padres que están produciendo alarma social y sanitaria, ya que dejar de vacunar a un niño entraña enormes riesgos para la salud.

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Un año, una vacuna 

La vacuna contra el covid-19 desarrollada por Pfizer y BioNtech (una de las vacunas en fase 3) pasó del concepto a la realidad en solo 10 meses.

Es un lapso de tiempo sin precedentes en la historia.

Pero, ¿cómo se compara con otras vacunas y por qué nunca antes se consiguió una vacuna tan rápido?

La Universidad de Oxford en Reino Unido comparó el tiempo transcurrido entre la identificación de las bacterias o virus que causan 16 enfermedades y el año en que una vacuna para combatir esa determinada enfermedad fue aprobada en Estados Unidos.

Eligieron este país porque es donde la mayoría de las inmunizaciones se autorizaron por primera vez.

Además del covid-19, el gráfico muestra enfermedades que tienen una alta mortalidad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), y para las que se recomienda vacunación.

Algunas dolencias tienen vacunas en pruebas pero aún no están autorizadas.

La comparativa muestra cómo el proceso de crear vacunas puede llevar décadas y cómo la pandemia actual ha sido una excepción a este paradigma.

¿Por qué unas vacunas se desarrollan y aprueban más rápido que otras?

Hay distintas razones.

En un extremo está la malaria, por ejemplo, que a pesar que hace 140 años que se descubrió su relación con el parásito Plasmodium, aún no hay una vacuna definitiva.

En 2015, la Agencia Europea de Medicamentos aprobó el uso de la vacuna RTS,S para combatir la infección en niños en África, pero su uso todavía se limita a proyectos piloto en algunos países.

«El caso de la malaria es complicado. El ciclo de vida del Plasmodium dificulta encontrar un blanco específico para la vacuna», explicó a BBC Mundo la investigadora Samantha Vanderslott, una de las autoras del estudio de Oxford.
 

Esto se debe a que el parásito infecta los glóbulos rojos de la sangre humana y eso lo hace menos detectable para el sistema inmunitario.

En el otro extremo del gráfico está la vacuna de ARN mensajero (ARNm) contra el covid-19, fabricada por las empresas Pfizer y BioNTech.

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¿Quienes están contra la vacuna son unos criminales?

Nuestra civilización y el resto del mundo están al borde de un abismo, cada día más profundo debido a la pandemia de Covid-19. Nos hacemos ilusiones imaginando que este virus desaparecerá por sí solo o será contenido por nuestras mascarillas y nuestras inciertas vacunas. En realidad, la pandemia no ha hecho más que empezar: está trastocando nuestras costumbres, pero, en general, estamos convencidos de que todo terminará como antes, con una vuelta a la normalidad.

Nada es menos seguro, sobre todo porque el insignificante número de vacunaciones a escala mundial abre la puerta a una proliferación de variantes que, muy probablemente, serán más contagiosas y más peligrosas.

En estos momentos, la denominada cepa Delta se propaga como un incendio forestal y Guy Surman opina esto: 

“No nos vacunamos solo por egoísmo, sino también por altruismo. Las personas no vacunadas arriesgan su vida -es su elección- pero, lo que es más importante, arriesgan las de todos los que les rodean. Una persona no vacunada, deliberada y orgullosa de serlo, es, por tanto, un delincuente en potencia y en libertad”.