El tamaño de las dirigencias refleja los alcances y los triunfos, las limitaciones y las derrotas.
Y ahí le va el por qué.
Fíjese el andamiaje del trabajo político del PRI, obsérvelo.
Su líder es Manolo Jiménez y su dirigente político Carlos Robles Loustaunau. Juventud y experiencia priista que se traduce en disciplina, organización, unidad, igual a trabajo y golpes de precisión.
Se nota, se siente apenas iniciadas las campañas políticas federales y espérese a que el 31 de marzo comiencen las de alcaldes en los 38 municipios.
Por algo el PRI de Coahuila es el más fuerte del país y ahí están los resultados en la última elección de gobernador.
Vamos ahora a Morena.
Solo tienen de activo las marcas del presidente López Obrador y de la candidata Claudia Sheinbaum.
En Coahuila traen un relajo, pleito, división y es el reflejo de su dirigente, Diego del Bosque, muchas veces rebasado por las tribus morenistas y hasta confrontadas por los petistas. El resultado, revise la última elección también de gobernador.
En el PAN, Elisa Maldonado es un enorme pasivo. Si no fuera porque la impuso Mario Dávila, su capacidad no sería ni para dirigir una sociedad de alumnos de prepa.
Apenas lograron 81 mil votos y ahora, sin el PRI, Mario Dávila perderá de un trancazo la alcaldía de Monclova y la dirigencia estatal del PAN. El verdugo se llama un joven y experimentado político priista Carlos Villarreal. El PAN solo le apuesta al PRI en la elección federal.
Del Movimiento Ciudadano y del Verde mejor ni hablar. Poncho Danao «El fosforito» y Cuco «El verde» Sandoval son improvisados y solo van por las prerrogativas -dinero- que aparecen en las campañas políticas.
Se ha preguntado por qué gana el PRI, ahí están las diferencias, entre el trabajo político constante y la permanente flojera, entre la visión y la ceguera.






