El funeral se veía solo y triste, con la escasa compañía de algunos priistas. Así fue la despedida de uno de los expresidentes de México más polémicos que la historia nos ha dado. Luis Echeverría Álvarez será recordado por sus cuestionables decisiones, tomadas desde sus diferentes puestos en la función pública.
Como cuando era el secretario de Gobernación, encargado de la seguridad nacional durante la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco; el mismo expresidente Gustavo Díaz Ordaz asumió en sus memorias la responsabilidad por esta represión, pero no la culpabilidad, la cual, dijo, compartían Echeverría y otros funcionarios que formaban parte de su gabinete.
En su Gobierno se registró la llamada “guerra sucia”, una campaña de represión de baja intensidad dirigida a frenar a los movimientos de oposición armada surgidos después de la masacre de 1968.
También se le considera el cerebro del golpe al diario Excélsior, cuyo director Julio Scherer fue echado en 1976 por un movimiento vinculado con el Gobierno.
Para el final de su mandato pesaban denuncias de críticos de todo el espectro político: lo acusaban de autoritarismo e incompetencia, lo atacaban por políticas que causaron fuga de capitales y una profunda devaluación del peso, así como una estagnación económica.
El gran represor de México murió a los 100 años de edad, impune. Sé que no es bueno hablar de quién ya no está, pero aquí no habla quien escribe estas líneas, habla la historia.






