El Mirón los vio. El obispo emérito Raúl Vera iba atrás y Jackie adelante, como si no se conocieran, para evitar ser juzgados por la falsa sociedad, diría José Alfredo Jiménez en la canción El Hijo del Pueblo.
Vera, vestido de saco sport y pantalón gris, ella, delante de él, más jovial, de mezclilla y blusa elegante. En el pasillo de una de las salas del aeropuerto de Monterrey pasaron desapercibidos, pero iban juntos a otro viaje más.
Pegarle al viático con cargo a las limosnas de los creyentes de saltillo es su costumbre.
A todo lo que suene a reflectores, ahí está el obispo Vera y su asistente, auxiliar o su amiga, Jackie
Cuando era obispo, se les veía en bares y restaurantes, también con cargo al erario diocesano. Hoy, el titular es el obispo Hilario González, pero Vera y su acompañante siguen en clase turista
No se olvida cuando insultó a dos monjas con malas palabras porque alguien les regaló un terreno, tampoco cuando encubrió a curas que abusaron sexualmente de niños y los mandó a reflexión a la casa de Arteaga, menos se olvida cómo convertía las misas en cultos políticos y se olvidaba de difundir la palabra de Dios.
También como quitó y puso a sacerdotes a su antojo y solo para que le rindieran.
Hoy, el obispo emérito y Jackie siguen de viaje en viaje en busca de cualquier motivo para hacerse notar.
Con la estrategia de cómo si no se conocieran; ella adelante, él atrás, en eterno pecado de mentir y olvidados del dicho “el que nada debe, nada teme”.






