El solo nombre de Andrés Manuel López Obrador suena a mentira y a corrupción.
En seis años elevó al doble la deuda externa que se tenía desde la época de la Revolución de 1910. De 10 a 20 billones de pesos.
Despilfarros y corrupción, junto a la inseguridad y la impunidad, nos dejó como herencia el líder moral de los morenistas.
Por eso, cada vez que sale a opacar la imagen de la presidenta Sheinbaum, provoca más daño a todos.
En lugar de hacer una colecta para los cubanos, debió hacerla por los trabajadores de Altos Hornos, afirmó categórico el gobernador Manolo Jiménez.
Y es que López Obrador, por el pleito personal con el otro corrupto de Alonso Ancira, llevó a la quiebra a Altos Hornos sin importarle los miles de trabajadores de las secciones 147 y 288.
Sin importarle la economía de las familias de las zonas Centro y Carbonífera .
López Obrador, como siempre, privilegió sus odios y complejos, que a su responsabilidad social.
En el libro “Ni venganza ni perdón”, Julio Scherer lo describe como acomplejado y muy distante al perfil de un presidente estadista que piensa y proyecta hacia muy adelante.
AMLO es chico de miras, su visión se quedó en Tabasco, y sus decisiones del perfil de sus funcionarios lo demostraban: un 90 por ciento de lealtad y un 10 de eficiencia.
Por eso cada una de sus decisiones hoy nos pesan en lo económico y en lo social.
Por eso sigue con sus anuncios protagónicos ahora con Cuba y se olvida de la grave crisis que nos dejó en AHMSA, a la que llevó a la quiebra y nunca le encontró una solución viable de reactivación, reflejo claro de su incapacidad como presidente.






