Sin duda, hay una característica que hace diferente a Morena del PRI; la falta de institucionalidad, que bien podría llamarse deserción y, en otros casos, traición.
En Morena, el pleito por la candidatura a gobernador cada vez sube más de tono y solo el manotazo del presidente López Obrador lo podrá parar, con las sorpresas que habremos de tener por parte de los que resulten perdedores. ¿Se van de Morena? ¿Se quedan y apoyan a su adversario o negocian su presencia? Ya veremos la respuesta a esas incógnitas.
Por lo pronto, Ricardo Mejía, Armando Guadiana y Luis Fernando Salazar aplican sus estrategias de posicionamiento, rudas y técnicas. De los tres, el apoyo presidencial sólo lo tiene Mejía.
En el PRI la institucionalidad ya llevó a que Jericó aceptara a Manolo Jiménez y a Román Cepeda en un ejercicio democrático de elección de su candidato a gobernador.
Ambos, Jericó y Román, saben que aunque finjan expectativas de autoaliento, Manolo lleva las de ganar en el método que sea. Desde encuestas, asamblea de delegados o el que usted quiera.
No solo por los resultados positivos que obtuvo como alcalde de Saltillo, sino por su madurez política, su aceptación en cada región del estado, los contenidos que maneja al frente de la secretaría de Inclusión y Desarrollo Social y toda la confianza que le tiene el gobernador Riquelme.
El futuro en el PRI ya va en unidad y se puede ver a Jericó como presidente del Congreso del Estado y la reelección de Román Alberto en la alcaldía de Torreón, de ganar Manolo la gubernatura.
Al final, Morena y el PRI decidirán por sus líderes políticos: AMLO y MARS.






