El sureste de Coahuila vivió su propia fiesta mundialista como subsede de Monterrey. Ahora que México quedó eliminado y la actividad terminó, toca cerrar bien —y conforme a derecho— las relaciones laborales que el torneo dejó.

El domingo, con la derrota de México 3-2 ante Inglaterra en el Estadio Ciudad de México, terminó no solo el sueño del Tri: terminó también toda la actividad mundialista en territorio nacional. Lo que resta de la Copa se jugará ya únicamente en Estados Unidos. Y con ese silbatazo se apagó, de golpe, el «efecto Mundial» que durante casi un mes movió a la economía del país.

Hay incluso un guiño histórico que a los aficionados de la región no se les escapa: en 1986, Saltillo fue campamento de las selecciones de Inglaterra y Portugal. Cuarenta años después, fue precisamente Inglaterra quien nos dijo adiós. La memoria futbolística es larga; la memoria laboral, en cambio, suele ser corta. Y ahí es donde quiero detenerme.

Lo que dejó el Mundial en la región.

El sureste de Coahuila no fue sede, pero sí subsede estratégica de Monterrey, a menos de una hora por carretera. Esa cercanía convirtió a Saltillo en alternativa de hospedaje, gastronomía y servicios para los cientos de miles de visitantes que llegaron al noreste por los cuatro partidos disputados en el Estadio Monterrey.

Las cifras que se manejaron fueron optimistas. El municipio proyectó entre 350 y 400 mil visitantes y una derrama cercana a los 800 millones de pesos. La Oficina de Convenciones y Visitantes fue más prudente, con un estimado de entre 150 y 200 millones —frente a los 80 a 100 de un junio ordinario—, apoyada no solo en el turismo mundialista, sino en el desplazamiento de congresos y eventos corporativos que huyeron de un Monterrey con tarifas por las nubes. La movilidad entre ambas ciudades creció de forma notable durante las primeras semanas del torneo.

Fue, sin duda, un buen mes para hoteles, restaurantes, comercios, transportistas y prestadores de servicios locales. Pero conviene decirlo con claridad: fue un impulso temporal, concentrado y acotado. Los especialistas coinciden en que el error clásico al evaluar un megaevento es confundir la derrama de un mes con desarrollo económico sostenido. El empleo que genera suele ser de corta duración y de baja permanencia una vez que la fiesta termina. Y la fiesta, en nuestra región, ya terminó.

El costado que casi nadie analiza: el laboral.

Detrás de esa derrama hubo miles de contrataciones temporales: personal de hotelería, meseros y cocina, seguridad, logística, transporte, atención al visitante, comercio. A nivel nacional se hablaba de más de cien mil empleos temporales ligados al torneo. En la región, la proporción fue menor, pero real y palpable.

La pregunta que como abogados debemos poner sobre la mesa es simple: ¿cómo se cierran esas relaciones de trabajo ahora que el evento concluyó?

Aquí es donde el empleador que contrató «para el Mundial» enfrenta un riesgo que muchas veces no vio venir. La Ley Federal del Trabajo permite contratar por obra o por tiempo determinado cuando la naturaleza del trabajo así lo exige (artículos 36 y 37). Un evento con fecha de inicio y fin es el ejemplo de manual. Pero hay una regla de oro que se ignora con frecuencia: si no se documentó desde el principio y por escrito el carácter temporal de la relación, la ley presume que fue por tiempo indeterminado (artículo 35). Es decir, quien contrató «de palabra y para el ratito» puede encontrarse con que, en los hechos, generó una relación laboral permanente.

La distinción no es menor. Terminar un contrato porque concluyó la obra o venció el plazo es una causa legítima de terminación, no un despido. Pero cuando el empleador no puede probar esa temporalidad, lo que parecía una simple baja se convierte en un despido injustificado, con las indemnizaciones que ello implica.

Recomendación preventiva.

A los empleadores de la región que contrataron para la temporada mundialista, tres cosas:

Primero, cierren bien. Aun tratándose de contratos temporales legítimos, el trabajador tiene derecho a su finiquito: salarios devengados y las partes proporcionales de aguinaldo, vacaciones y prima vacacional. Págenlo y documéntenlo.

Segundo, revisen el papel. Si no formalizaron por escrito la naturaleza temporal, asesórense antes de dar de baja al personal, no después de recibir la citación a la Junta o al Centro de Conciliación.

Tercero, no confundan informalidad con ahorro. La verbena mundialista también movió a mucho comercio ambulante y trabajo informal, terreno donde no hay contrato que documentar, pero tampoco protección para nadie. El empleador que formaliza no solo cumple: se protege.

Y a los trabajadores que prestaron sus servicios estas semanas: que el contrato haya sido temporal no significa que salgan con las manos vacías. Su finiquito es un derecho, no una cortesía.

El fondo del asunto.

El Mundial le dio al sureste de Coahuila un mes de vitrina y de movimiento económico. Bien aprovechado, puede dejar algo más duradero: turismo, inversión, posicionamiento. Pero eso se construye con estrategia, no con improvisación. Lo mismo aplica a lo laboral. La diferencia entre un buen negocio de temporada y un pasivo laboral inesperado no está en la cancha: está en los papeles que se firmaron antes del primer partido.

El silbatazo final ya sonó. Que no nos agarre sin la nómina en orden.

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