Ser papá ha sido la tarea más desafiante, maravillosa, emocionante, bendecida y gratificante de mi vida. Es asombrosa la cantidad de amor que siento cuando los veo meter un gol, llevarse el cereal a la boca, dormir, ¡reír!, dibujar, masticar un chicle, platicar, cantar, manejar el auto, abrir un regalo, jugar, o escuchar la canción que los pone felices.
Sólo escuchar su voz me inunda de alegría. ¡No quiero platicarles lo que pasa cuando me dan un abrazo, me estalla el corazón!
Tengo claro que ser padre no te convierte en automático en papá. La condición de padre la certifica un documento y puede no tener más significado que la connotación jurídica. En tanto, el título de “papá” lo dan los hijos y se gana en la interacción y los cuidados.
La espontaneidad de Santi, la intelectualidad de Mateo, la irreverencia de Andrew… hay mucho de ellos en mí, y de mí en ellos. Con amor, día a día y a todo pulmón, busco ganarme el derecho de que sigan llamándome, reconociéndome y sintiéndome así, “papá”.
Y es que son mi razón de ser, mi punto de partida y mi equilibrio.
P.D. Seguramente mi papi también llegó a sentirse orgulloso de mí tanto como yo lo estoy de mis hijos. Un abrazo para él hasta el cielo.





