Cuando hablamos de mejorar la educación, casi siempre miramos hacia la primaria, la secundaria o incluso la universidad. Pero rara vez volteamos al punto exacto donde todo comienza. Y esa omisión tiene consecuencias. El preescolar no es un trámite previo ni un espacio para “ir calentando motores”: es el cimiento sobre el cual se construye toda la trayectoria educativa.
Hoy enfrentamos un problema serio y silencioso: cada año menos niñas y niños se inscriben o concluyen el preescolar. Las maestras y maestros de primaria lo confirman en el aula: quienes no cursaron esta etapa completa llegan con desventajas que no solo afectan su aprendizaje inmediato, sino su desarrollo social, emocional y, a largo plazo, sus oportunidades de vida.
La ley es clara: el preescolar es obligatorio. Pero cumplir la norma no basta si no entendemos por qué muchas familias no inscriben a sus hijas e hijos. Por eso, el Estado debe asumir un papel activo y responsable. No podemos dar por hecho que todas las familias conocen la importancia de esta etapa ni que cuentan con las condiciones para acceder a ella.
Necesitamos una política pública robusta, a la altura del desafío: una campaña mediática clara y cercana, acciones de acompañamiento a las familias, y un trabajo coordinado con docentes, directivos y comunidades escolares. Solo con información, apoyo y corresponsabilidad lograremos revertir esta tendencia.
Invertir en preescolar no es gasto: es la decisión más inteligente para garantizar una educación sólida desde el inicio. Ahí, y no después, empieza el futuro de Coahuila.






