El gobierno federal presume una reducción espectacular de los homicidios dolosos. Nos dice que la estrategia de seguridad funciona, que México vive sus mejores cifras en años y que la violencia va claramente a la baja. Todo muy bonito, muy limpio, muy ordenado en la gráfica oficial. Pero hay una pregunta elemental que desmonta el montaje: si el país está tan seguro como dice el gobierno, ¿por qué los mexicanos siguen teniendo miedo?
De acuerdo con los datos más recientes del INEGI, 61.5% de la población adulta considera inseguro vivir en su ciudad. Es decir, seis de cada diez mexicanos no sienten esa paz que el gobierno presume todos los días. Y la percepción es todavía más grave entre las mujeres: 67.2% de ellas se sienten inseguras, frente a 54.6% de los hombres. Mientras el gobierno celebra en pantalla, millones de personas siguen cambiando rutas, evitando salir de noche, cuidando el celular en el transporte, mirando por encima del hombro y avisando por mensaje cuando llegan a casa.
Esa es la diferencia entre la seguridad de PowerPoint y la seguridad real. La primera se acomoda con categorías, porcentajes y conferencias. La segunda se mide en la vida cotidiana: en la madre que no deja caminar sola a su hija, en el comerciante que paga derecho de piso, en el joven que evita ciertas calles, en la familia que se encierra cuando oscurece, en las comunidades donde la autoridad llega tarde, si es que llega.
El gobierno insiste en que los homicidios dolosos bajan. Pero, casualmente, esa disminución aparece después de cambios metodológicos que abrieron más categorías para clasificar muertes violentas. En septiembre de 2025, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública pasó de 53 a 71 categorías de delitos. Desde entonces, muchas muertes dejaron de verse como homicidios dolosos y empezaron a acomodarse en cajones más cómodos: homicidios culposos, otros delitos contra la vida y etiquetas técnicas que sirven para que la gráfica presidencial parezca menos sangrienta.
El problema es que la realidad no se deja maquillar tan fácilmente. En Zacatecas, durante el primer cuatrimestre de 2026, se reportaron 154 homicidios culposos frente a apenas 29 dolosos. En Quintana Roo, 330 culposos contra 50 dolosos. Según la versión oficial, en estados golpeados por la violencia criminal la gente muere cinco o seis veces más por “accidente” que por las balas. Qué país tan curioso: los cárteles aterrorizan regiones enteras, pero la estadística descubre que el verdadero enemigo nacional, al parecer, son los accidentes.
Por eso la percepción ciudadana importa. Porque la gente no vive en las tablas del Secretariado. Vive en colonias, carreteras, mercados, escuelas, negocios y transporte público. Y ahí la inseguridad no se percibe como una variable técnica, sino como una amenaza concreta. La gente no necesita esperar la mañanera para saber si su ciudad es segura. Le basta con escuchar los balazos, saber de un vecino desaparecido, cerrar temprano su negocio o enterarse de que alguien más fue extorsionado.
La pregunta, entonces, no es por qué la gente no le cree al gobierno. La pregunta es por qué tendría que creerle. Si los homicidios bajaran de manera tan contundente como presume el oficialismo, lo lógico sería que también bajara con fuerza el miedo. Pero eso no ocurre. La percepción de inseguridad apenas se mueve, porque las familias saben lo que viven. Y lo que viven no coincide con el triunfalismo oficial.
México no necesita un gobierno que presuma paz mientras la gente vive con miedo. Necesita verdad, justicia y una estrategia que enfrente la violencia, no que la esconda en categorías.
Porque cuando seis de cada diez mexicanos siguen sintiéndose inseguros, la pregunta cae por su propio peso: ¿bajó la violencia o solo aprendieron a maquillar mejor los muertos?






