Dirimíamos nuestras diferencias a medida que el Bacardí se terminaba. No había espacio para distracciones; el día a día concluía y la noche emergía como testigo de nuestras disertaciones teóricas. La educación era el centro de interés y en ella jamás nos pusimos de acuerdo. Mi interlocutor nombraba a Watson, a Vygotsky, entre otros; sin embargo, jamás había estado frente a un grupo, y ese era el detonante perfecto para, en un parpadeo, ponerlo en predicamentos.

—¿No cree usted, que para poder opinar sobre educación hay que haber estado frente a un grupo?

Siendo más estrictos, ser un teórico representa mucho más que la lectura de unos cuantos párrafos; implica la vivencia de haber pisado las aulas en distintos niveles educativos.

—¿Entonces nadie va a opinar sobre educación si no es educador? —reviraba él.

Y de ahí surge la interrogante: ¿entonces todos vamos a opinar también sobre aeronáutica? Esto me recuerda a alguien que, al hablar de un político de la vieja guardia en broma, al verlo dar instrucciones a sus subalternos con frases comunes, decía que podía dirigir hasta la NASA porque de acuerdo a sus instrucciones, bastaba con pedir un cohete que volara muy alto, rápido y que llegara muy lejos.

Esto último da fe de cómo los educadores observamos a quienes, sin tener la experiencia ni la vivencia de enseñar a distintos alumnos en épocas diversas, pretenden opinar con ligereza sobre la pedagogía, la didáctica y la formación de estudiantes.

Se acabaron los tiempos de sabios como Leonardo da Vinci o Wolfgang von Goethe, quienes dominaban las artes, la política, las leyes y las ciencias. La era de la especialización nos obliga a aceptar que el fenómeno educativo —o cualquier otro— debe dejarse en manos de los expertos.

En el próximo artículo hablaré sobre política, terreno donde también se genera este fenómeno de opinión extralimitada, y la mayor parte de la gente ofrece su punto de vista en relación a aspectos circunstanciales que aquejan un estado, un país o al mundo.