Antes de enfrentarnos a la crisis de atención actual, la humanidad ya había iniciado su evolución hacia el Homo videns, cediendo gradualmente el control cognitivo a la imagen.
A finales del siglo XIX se crearon los primeros sistemas de proyección sobre pantallas; con ellas nació el cine, una de las bellas artes más valoradas del siglo XX, que era una síntesis de la cultura, la historia, la comunicación y la información; sin duda, fue una revolución en la difusión y el entretenimiento que permitía registrar los sucesos de su tiempo, capturar y masificar la actuación, la fotografía, la música y la literatura, modelando por primera vez la atención colectiva.
Más tarde, a mediados del siglo pasado, apareció la televisión. Durante la década de los cincuenta y principios de los sesenta, su uso se extendió rápidamente en sociedades como la norteamericana y, en pocos años, su expansión adquirió tintes masivos y se convirtió casi en un artículo de primera necesidad en los hogares. Por la naturaleza pasiva de sus programas y su capacidad de manipulación masiva, se le otorgó el mote de la “caja idiota”, sirviendo a menudo como instrumento para reafirmar la ideología de las clases dominantes.
La aparición de la computadora, el internet, los teléfonos inteligentes y la inteligencia artificial (IA) dieron un nuevo sesgo a la vida cotidiana. Estas herramientas no solo sacudieron los cimientos de la sociedad, sino que impactaron profundamente el trabajo, la producción y todas las esferas de interacción social. En el ámbito de la enseñanza, el golpe ha sido sísmico. Los procesos cognitivos se han acelerado y sobreestimulado, planteando desafíos sin precedentes. El problema radica en que los mecanismos pedagógicos no avanzan a la misma velocidad que la ciencia y la tecnología.
Hoy, el uso indiscriminado de estas herramientas pone su enorme alcance en las manos de todos los sectores de la población, pero con un costo alto. Existen estudios cada vez más sólidos que documentan los severos impactos negativos que esta exposición está causando en la niñez y los adolescentes, alterando su capacidad de concentración, su desarrollo emocional y su aprendizaje profundo.
El reto de nuestro tiempo es lograr que la tecnología vuelva a ser una herramienta para el intelecto humano, y no su sustituto.






