Citando como título de este artículo el libro crimen y castigo de Fyodor Dostoyevski, que estoy empezando a leer, uso su título para hablar de un tema ajeno a la trama del libro, que por cierto recomiendo leer. Sin ánimo de sonar extremista, escogí este título para hablar del proceso electoral que estamos próximos a vivir y de cómo, en los últimos años, se repiten patrones, conductas y acciones. Un círculo vicioso al que nadie se atreve por comodidad o por desinterés a ponerle fin.

No uso la palabra “crimen” en su sentido literal de acto ilegal, sino como una acción o una omisión que, aunque no esté fuera de la ley, termina afectando el rumbo de las cosas. Y a crimen me refiero a cómo año tras año y campaña tras campaña, se repiten las mismas prácticas, los mismos discursos y las mismas formas de hacer política.

El crimen es que quienes tienen la oportunidad de innovar, de cambiar el status quo, de pensar fuera de la caja, no lo hagan. Y es imperativo que en la política dejemos de replicar acciones que en su momento funcionaron o que hoy se ven como el “camino seguro” para lograr el objetivo.

Porque lo seguro no siempre es lo correcto y mucho menos lo que se necesita. Apostar por lo de siempre puede dar resultados en el corto plazo, pero también perpetúa una forma de hacer política que ya no responde a la realidad.

Más allá de los discursos bonitos, que por cierto un estudio reciente mostró que el 70% de las intervenciones en la Cámara de Diputados fueron hechas con inteligencia artificial, pero eso será materia de otra columna, de la misma foto en las colonias y de las mismas dinámicas de siempre, el problema de fondo sigue siendo el mismo: seguir apostando por lo de siempre.

Porque no es que no haya intención de comunicar, es que se comunica igual. No es que no haya presencia, es que es la misma de siempre. Y en esa repetición constante, todo se vuelve predecible y monótono, haciendo que en las campañas electorales el electorado escuche y vea lo mismo por todas partes, lo que termina generando rechazo y hartazgo hacia la política y con ello, un menor interés por participar.

El castigo es claro: seguir perpetuando un círculo que, al parecer, no tiene espacio para el cambio, para la innovación, para hacer las cosas de forma diferente. Un círculo donde se premia la inercia y se castiga la idea nueva, donde arriesgarse cuesta más que repetir y donde lo distinto incomoda más de lo que entusiasma. En el contexto electoral que estamos próximos a vivir, esto deja de ser menor y se convierte en un tema del cual hay que hablar.

La responsabilidad es compartida, partidos, candidatos y electorado. Todos tenemos la imperiosa necesidad de actuar pronto y de que cada uno, desde el espacio y la trinchera en la que nos toque estar, busque siempre la forma de innovar, de cambiar y de hacer las cosas de manera distinta. Quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Los ciclos se repiten cuando nadie se atreve a romperlos, cuando se prefiere lo conocido antes que lo necesario y cuando se confunde lo que funciona con lo que ya es suficiente.

P.D: Todas mis opiniones son a título personal y no representan postura alguna de mi cargo público.

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