Los estándares de belleza de los mayas rosaban lo irreal (bueno, no es que ahora no sea así) y algunas de sus tradiciones fueron descritas como “horribles prácticas” por los primeros colonizadores.
A través de los años y las culturas los cánones de belleza han cambiado considerablemente. En los estándares no siempre figura (figuró, ni figurará) la idea del perfil europeo; ya sabes: abdomen plano, sonrisa perfecta, glúteos redondos y firmes, piernas largas, piel blanca, ojos de color y rasgos faciales simétricos. Actualmente, de hecho, hay lugares donde son más apreciados los dientes chuecos, los estómagos grandes, pies pequeños, etc.
En Egipto se utilizaban pelucas y tocados pesado como ornamenta; China consideraba que los “pies de loto” —técnica de vendado para evitar que los pies crecieran— eran la norma de lo atractivo; el ohaguro en Japón consistía en teñirse los dientes de negro como símbolo de estatus social y belleza. A pesar de que estos procesos nos pueden sonar absurdos y extremos, la verdad es que no están tan alejados de lo que muchas personas hacen diariamente en la sociedad moderna.

Lo que sí es constante es que el ser humano ha buscado encajar con dichos estándares a través de la ropa, el peinado, el maquillaje y la modificación corporal donde también entra el uso de piercings y los tatuajes; después de todo la imagen de cada uno representa muchísimas cosas dependiendo del contexto en el que vivamos y para nuestros antepasado mayas no era muy diferente.
Los mayas constituían una sociedad politeísta y estratificada, la imagen que proyectaba cada individuo comunicaba cuál era su posición dentro de esta sociedad; además de que los rituales religiosos también dictaban ciertos cánones de belleza, pero ¿Cuáles eran sus estándares de belleza?
Fray Diego de Landa (1524 – 1579) describe en su obra Relación de las Cosas de Yucatán (1566):
Tenían por gala ser bizcos, lo cual hacían por arte las madres colgándoles del pelo cuando niños un pegotillo que les llegaba al medio de las cejas; y como les andaba allí jugando, ellos alzaban los ojos y empezaban a quedar bizcos.
¡Así es! El estrabismo era un gran canon de belleza a tal grado que las madres buscaban intencionalmente esta condición para sus hijos desde que eran pequeños. Tal como describe Fray Diego, para lograr obtener ese estatus a los bebés se les colocaba en la frente bolitas de resina de copal que los obligaba a torcer la vista, logrando así que los infantes quedaran bizcos. Sin embargo esto no era suficiente y también se optaba por la deformación craneal y la modificación dental con jade gracias a su increíble conocimiento odontológico.

Tenían por costumbre aserrarse los dientes dejándolos como dientes de sierra y esto tenían por galantería y hacían este oficio las viejas, limándolos con ciertas piedras y agua. (Fray Diego de Landa. 1566)

Durante mucho tiempo se creyó que la deformación en la cabeza se debía a los grandes trocados que se solían utilizar, sin embargo posteriormente se descubrió que la deformación se realizaba intencionalmente desde el nacimiento. Para lograrla se utilizaban dos tablas sobre la frente y la nuca unidas por varillas, el proceso podía durar entre unos cuantos meses y varios años. El cráneo del infante se alargaba durante el proceso natural

Hablando de los grandes tocados pareciera natural que los colonizadores europeos creyeran que la deformación era por estos. Tanto hombres como mujeres solían llevar el cabello largo, los varones amarraban su cabello en lo alto de la cabeza y lo adornaban con diferentes objetos como plumas, conchas y piedras; las clases más altas usaban penachos o turbantes muy elaborados con plumas preciosas de quetzal y tenían formas de serpientes o jaguares. Por su parte, las mujeres preferían llevar el cabello trenzado y era común que cortaran y/o quemaran el cabello cercano a la frente para mantenerla descubierta.
Otra característica de la imagen atractiva en hombres y mujeres era el uso de narigueras, orejeras y besotes, que eran joyería hecha de arcilla, huesos o jade colocado en perforaciones de la piel del lóbulo, debajo de los labios y en la nariz.
Además de lo anterior también tenían por costumbre los tatuajes faciales y la escarificación, que consiste en hacer pequeñas heridas sobre la piel con patrones definidos para que al final quede una cicatriz permanente y oscura. Esta práctica se realizaba con cuchillos de obsidiana calientes

Cuando una persona tenía todas estas cosas, era considerada una belleza y era sexualmente más deseado.
Como podemos ver con estos ejemplos queda claro que la belleza no es más que una imposición que cambia según los tiempos, la posición geográfica y las demandas de la sociedad (algo así como la religión) y, siendo honestos, jamás podremos cumplir con todas y cada una de estas demandas; jamás podremos gustarle a todas las personas porque hay tantos cuerpos como estrellas en el universo, cada uno siendo diferente y teniendo belleza a su modo… pero podemos gustarnos a nosotros mismos, comenzar a querernos como somos, con esos centímetros de más o de menos, con esas llantitas en el abdomen, las patitas de gallo que se asoman cada vez más, la piel teñida con café con más o menos leche, los cabellos plateados que comienzan a invadir la cabeza… los cabellos que comienzan a abandonar la cabeza, la nariz que no entiende de rectitud o esos brazos que cuesta muchísimo inflar.

Es más fácil decirlo que hacerlo, ¡sí! pero no es imposible.






