Aún no logro definir qué es lo más indignante del nuevo decreto del presidente.
Supongamos que mi familia me dice que, como soy muy honesta y confían en mí, todos me van a dar su dinero para que yo haga con él lo mejor para ellos. Yo les aseguro que lo haré con la mayor transparencia y eficientando cada peso. Pero con el transcurso del tiempo considero que es más prudente hacerlo en la total oscuridad, para no tener que andarles consultando todo y haciendo más lento el proceso. Entonces me planto con toda la seguridad y dignidad frente a mi familia y les doy la peor de las justificaciones: «Esto es para el crecimiento de su patrimonio. Es pensando en ustedes, en su bienestar».
¿Qué parte es menos indignante? ¿La de considerar los proyectos y obras asunto de seguridad nacional?, ¿La de salir a decir que es con el fin de ahorrar procesos burocráticos que entorpecen la realización de dichas obras?, ¿La de criticar la corrupción en la asignación directa de grandes obras en pasadas administraciones y hacer lo mismo?, ¿La de creer que está lejos de militarizar el país?
No es un dictador, pero no acepta críticas; no es un dictador, pero más de 127 tareas civiles han pasado a manos de los militares; no es un dictador pero no tendrá ninguna responsabilidad de rendir cuentas de las obras faraónicas; no es un dictador pero quien esté en contra de sus decisiones deberá «atenerse a las consecuencias»; no es un dictador, pero le ha hecho creer a la mitad de la población que la inseguridad, la pobreza y la corrupción son culpa de la otra mitad.
Podrá decir lo que quiera, pero: Si hace como pato, camina como pato y se comporta como pato, entonces, por más que sus seguidores se resistan a aceptarlo… ¡Seguramente es un pato!






