Parece recurrente que año tras año el cine mexicano nos presenta una historia desgarradora centrada en una trama que desearíamos que no fuese verdad. Cintas como Noche de Fuego, La Civil, Sin Señas particulares o el documental Las Tres Muertes de Marisela Escobedo nos hacen tener aún más presente una cosa: el peligro que refiere ser mujer en este país.

Así llegamos a Ruido, el nuevo largometraje de la directora Natalia Beristáin, misma que realizó la galardonada película Los Adioses. En esta ocasión, la egresada del Centro de Capacitación Cinematográfica nos presenta una trama que toma cientos de historias reales para extrapolar una realidad cruda y dolorosa de México, centrando nuestra atención en el nudo en el estómago que genera al saber que no estamos hablando de una ficción completa.

El guion nos cuenta la vida de una madre de familia que incansablemente busca a su hija desaparecida. La mujer se enfrenta contra un sistema que no da respuestas, una sociedad que parece ignorar el problema, su familia que termina por menospreciar su lucha y su propio sentimiento de rabia al no encontrar justicia, desembocando todo en un grito ahogado por todos los casos similares que quedan sin resolverse.

No es que el argumento sea o no complejo, esta cinta no busca sostenerse por la fortaleza de la historia que nos cuenta, que, aunque lamentablemente ya la hemos escuchado muchas veces, logra generar un sentimiento de tristeza y enojo ante los obstáculos que nuestro personaje principal ni siquiera tendría porque estar viviendo. 

Ojo, no es que el guion no brille, el escrito llega a ser tan vívido que parece rozar entre un documental muy al estilo de Una Película de Policías, pero con un tono más serio y realista que se empata de manera casi tangible con personajes encarnados por personas que no son actores y forman parte de colectivos de búsquedas de personas desaparecidas. 

La actuación de Julieta Egurrola como la madre cuenta con un agregado extra cuando conocemos que en la vida real es la progenitora de la directora de la cinta, lo que hace aún más desgarrador todo aquello que vemos en pantalla, donde las imágenes oníricas se reúnen con los hechos reales para concretar una visión donde las pesadillas viven en un mismo plano con la vida diaria.

La ejecución y los movimientos de cámara concretan de manera favorable el sentido de desesperación y horror real que nos cuenta la historia, tomando en mano el lente y convirtiéndonos en espectadores cercanos a cada uno de los hechos, llevándose las palmas en el final del tercer acto con una secuencia que bien podríamos interpretar como una caída en picada al mismo infierno que asemeja vivir la desaparición forzada o el feminicidio de alguna persona allegada.

Aquí podemos dejar de lado el hablar de unidad argumental, enlace, locaciones o efectos, y no porque la cinta no cuente con cada uno de estos puntos (que claro que lo logra con una maestría sorprendente), pero el tema central nos vuelca los ojos a comprender que todo lo que estamos viendo actualmente sucede a nuestro alrededor.

El ruido que genera esta producción de Netflix nos hace mantenernos atentos a temas que no podemos olvidar, además de sumar otros tantos como los asesinatos a periodistas, la corrupción de las autoridades y la violencia en México que no nos hace sentir nada orgulloso, pero sí nos recuerda que tarde o temprano las injusticias deben parar.

Decir que esta clase de cintas cae en un lugar común es negarse a ver una realidad, Natalia Beristáin logra colocar un escalón más dentro de este grito de sed de justicia que las mujeres han levantado en este país, generando un ruido, como el nombre de la misma cinta, tan fuerte que esperemos llegue a todos los rincones.

Imperdible y necesaria.

Calificación: 8.8