Existe un tipo de cine que simplemente ya casi no se hace, me refiero a las cintas de situación que exploran anécdotas cortas y sencillas y que en realidad no ofrecen una historia rica en argumento, pero si dan un deleite visual que atrapa a los espectadores.

Cintas como Napoleón Dinamita o el clásico Un Experto en Diversión son un claro ejemplo de esta clase de producciones, las cuales es totalmente entendible que se hayan dejado de lado para dar cabida a grandes producciones o argumentos de propuesta compleja que buscan ser premiados y aceptados por los amantes del celuloide. 

Así llegamos a Licorice Pizza, la más reciente producción del legendario director estadounidense, Paul Thomas Anderson, la misma mente creativa detrás de películas como Vicio Propio, El Hilo Fantasma y Boogie Nights.

Thomas Anderson se caracteriza por ser un verdadero underdog, un director con un ojo envidiable que sabe llevar un hilo conductor por toda la trama sin importar si aborda temas complejos o tópicos básicos sin un aparente fondo realmente sorprendente. A pesar del alcance y aceptación de sus cintas, nunca ha concretado grandes premios, pero si ha sabido ganarse su lugar dotando sus cintas de un sello distintivo.

Hay que decirlo desde ahora, se ve demasiado complicado que Licorice Pizza se levante con alguna estatuilla dentro de los próximos premios de la academia. Parece que la cinta hace su aparición en las tres categorías más importantes (mejor película, mejor director y mejor guion original) tan solo para entregar una remembranza al mundo del cine y decirle que este tipo de propuestas poco a poco van desapareciendo.

Licorice Pizza es una comedia romántica con una primicia sencilla. Gary Valentine, un chico de preparatoria que conoce a Gary Valentine, una joven de 28 años que miente sobre su edad y está tratando de encontrarse a ella misma. Ambos deberán sortear diferentes situaciones hasta saber si están hechos el uno para el otro mientras viven los embates del mundo a mediados de los setentas.

¿Sencillo? Sí, bastante, pero no por ello demerita que el guion cuente con una serie de giros que logran captar la atención del público y permiten sentirse identificados con algunos de los problemas que viven los protagonistas. 

En la sencillez se encuentra el encanto de esta película. Licorice Pizza nos transporta a nuestra Juventus, a pesar de que no hayamos crecido en la misma época o circunstancias que la historia que nos están contando. La cinta nos recuerda que todo tiempo pasado fue mejor, y que invariablemente de nuestros problemas, la vida era mucho más sencilla en nuestra juventud.

La ambientación de la película y el diseño de producción absorbe por completo los ojos del espectador, mostrando un Estados Unidos setentero y con elementos que remueven la nostalgia. Toda la fotografía resulta congruente con la temporalidad y la conjunción de temáticas pertinentes a ese tiempo complementan un cuadro bien cimentado.

Los planos secuenciales que siguen a los personajes son cinematográficamente maravillosos y bien cuidados. Las situaciones, por más inverosímiles que parezcan, tienen congruencia y permiten un diálogo abierto con el espectador, dejando la necesidad de contar una anécdota y remembrar el pasado. La iluminación tenue y los colores brillantes nos colocan en un tipo de cuento ligero sin muchas consecuencias.

Y justo ese tal vez sea uno de los grandes problemas de Licorice Pizza, nada tiene consecuencias porque en realidad no está pasando nada sumamente relevante. Los personajes tienen problemas, conviven con ellos y salen adelante, pero aún si son detenidos, chocan, se quedan sin gasolina o pelean, los asuntos son ignorados o se resuelven de manera sencilla. 

Las actuaciones son en realidad sobresalientes. Por una parte, tenemos a Cooper Hoffman, hijo del también actor Philip Seymour Hoffman, entregando una interpretación atinada en su primera cinta. Alana Haim, vocalista de la banda Haim, también incursiona al séptimo arte con una actuación seductora y retadora. Al elenco se suman los pequeños papeles del magnífico Tom Waits, Sean Penn y Bradley Cooper, completando un cuadro pintoresco, característico de Paul Anderson.

Esta cinta representa al cine antiguo y hecho con cariño, no vamos a gastar la típica idea de que es una carta de amor al cine, más bien es un recuerdo y una fotografía que trata de explicarle al mundo que aún hay espacio para cintas sencillas y comedias bien pensadas, aunque no trate precisamente de temas cruciales o deje una lección retadora.

Licorice Pizza termina siendo una cinta ligera en su forma y nostálgica en el fondo, apostando a la remembranza y dejando el espectador ganas de salir a vivir y contar su historia. El tono se mantiene, el argumento aguanta y si logras pasar el tropezón del inicio del tercer acto tal vez pases un momento agradable.

Ahora bien, la sencillez de la cinta y el hecho de que en verdad no pasa mucho puede alejar al espectador, pero si le das una oportunidad y entras en la convención de la cinta, estarán frente a una producción con pocas pretensiones y bastante entrega.

Calificación: 8.3