Israel. – El tablero geopolítico de Oriente Medio ha sufrido un vuelco radical. El ministro de Defensa de Israel, Israel Katz, anunció este martes la «eliminación» de Ali Larijani, jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional (SNSC) y líder de facto de la resistencia iraní tras la muerte del Ayatolá Khamenei.
De confirmarse, la caída de Larijani representaría el golpe más devastador para la República Islámica desde que un ataque aéreo estadounidense-israelí acabara con la vida del Líder Supremo en su residencia de Teherán. Mientras Irán mantiene un silencio sepulcral, analistas sugieren que este evento evidencia una vulnerabilidad crítica en la contrainteligencia persa frente a la superioridad tecnológica de la coalición EE. UU.-Israel.
El ascenso del «Soldado-Diplomático»
Larijani, de 67 años, no era un político ordinario. Miembro veterano de la Guardia Revolucionaria (IRGC) y doctor en Filosofía Occidental, poseía la rara habilidad de equilibrar la ideología radical con el pragmatismo estratégico.
Tras la Guerra de los Doce Días —marcada por ataques a las instalaciones nucleares iraníes—, Khamenei le confió la misión más crítica: elaborar una estrategia de supervivencia para el régimen frente a intentos de asesinato y bombardeos masivos. Al morir el Ayatolá, fue Larijani quien tomó las riendas, eclipsando incluso a Mojtaba Khamenei (hijo del fallecido líder) y convirtiéndose en el rostro visible de la guerra.
«Los estadounidenses y los sionistas han quemado el corazón del pueblo iraní… y nosotros también les quemaremos el corazón», sentenció Larijani en su última aparición televisiva tras el inicio de las hostilidades.
Su muerte deja a Irán sin su principal estratega y mediador potencial. Sin la figura de Larijani para calmar los ánimos y coordinar la «defensa en mosaico», la República Islámica enfrenta su hora más oscura, atrapada entre la presión interna de una población subyugada y el asedio externo de una coalición que parece haber descabezado por completo al régimen.







