La terquedad del presidente López Obrador de reformar al Poder Judicial no solo podría generar una fuerte devaluación de nuestro peso frente al dólar, sino que acabaría con los contrapesos y nos llevaría a un régimen autoritario.

Cierto es que dentro de ese poder se cometen actos de corrupción, sobre todo de jueces que favorecen a delincuentes ligados al narco. Pero es inadmisible que paguen justos por pecadores.

Aquellos jueces o magistrados que se corrompan y transgredan la ley, deben ser destituidos y enjuiciados. Pero esos no son la mayoría, sino la minoría.

Hay magistrados y jueces, hombres y mujeres, que han realizado un ejercicio limpio de su trayectoria y aplican con estricto apego el significado de la justicia que es darle a cada quien lo que le corresponde.

Sin embargo, el poder político aplastante de Morena, y sobre todo del Poder, ha llevado esa ridícula iniciativa de que mediante el voto se elijan a las y los magistrados y jueces, como si tuviéramos la capacidad de valorar técnicamente su capacidad.

Y más aún, seleccionarlos en una tómbola para que sea la suerte y no la capacidad la que determine quién es apto y quién no.

Se trata de un agravio más del presidente López Obrador que pretende heredar a la presidenta electa Claudia Sheinbaum, quien podría pasar a la historia, de manera alentadora, si frena el atentado al Poder Judicial Federal.

Por muchos factores, pero el principal es el mensaje de un país más cercano a la dictadura de Venezuela, que traería un efecto negativo a la economía, una fuerte devaluación del peso frente al dólar, a causa del atentado a la democracia.

Esperemos que la presidenta electa Claudia Sheinbaum le dé largas y haga la reforma cortando las manzanas podridas y no todo el árbol.