Desde 1960, cada 12 de julio, México celebra el Día de las y los Abogados, una fecha que trasciende la conmemoración de una profesión para convertirse en una oportunidad de reflexionar sobre el compromiso que implica ejercer el Derecho. Ser abogado no consiste únicamente en conocer la ley o dominar la técnica jurídica; significa asumir la responsabilidad de defender la justicia, proteger la dignidad humana y contribuir, desde cada espacio de actuación, a la construcción de una sociedad más libre, más igualitaria y más democrática.
Quienes hemos dedicado nuestra vida a las aulas, sabemos que la mayor satisfacción proviene, de atestiguar el crecimiento de nuestros estudiantes. Después de más de veinticinco años frente a grupo, he tenido el privilegio de acompañar a generaciones enteras en una de las etapas más importantes de sus vidas. He visto jóvenes llegar con incertidumbre y despedirse convertidos en profesionistas comprometidos; he sido testigo de sus primeros argumentos, de sus primeros triunfos y, en muchos casos, de su consolidación como jueces, litigantes, notarios, servidores públicos, investigadores, docentes y líderes sociales.
Cada generación deja una enseñanza distinta. Los tiempos cambian, las herramientas evolucionan y los desafíos jurídicos se transforman, pero permanece intacta una convicción: la educación sigue siendo el camino más sólido para fortalecer el Estado de Derecho. Por ello, este Día de las y los Abogados representa, un reconocimiento a nuestros estudiantes y egresados. Ellos son quienes dan sentido al esfuerzo cotidiano que se realiza en las aulas de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila. Su ética, preparación y compromiso constituyen el mejor reflejo del trabajo colectivo de nuestra comunidad universitaria.
Los últimos días han sido especialmente significativos para mi; entre eventos, reconocimientos, conferencias, asambleas, reuniones, viajes y hasta festivales de Rib Eye, se encuentra el espíritu y los motivos para celebrar el diálogo en el que convergen las voces de expertos en Derecho, la unidad del gremio, la actualización de la profesión jurídica, la defensa de las instituciones y el fortalecimiento de la cultura jurídica. La grandeza de nuestra profesión se mide por la capacidad de construir comunidad. Las y los abogados tenemos el deber de dialogar, de compartir experiencias y de trabajar de manera coordinada, para responder a las exigencias de una realidad cada vez más compleja.
La formación universitaria también ocurre en estos espacios. Se fortalece cuando profesores y estudiantes colaboran como un mismo equipo; cuando la confianza sustituye a la distancia; cuando el compañerismo se convierte en identidad institucional. Estos momentos construyen una comunidad universitaria sólida y dejan recuerdos, que acompañan para toda la vida profesional. Hoy vivimos una época de profundas transformaciones. La incorporación de nuevas tecnologías, los cambios en las instituciones, las reformas legales y las crecientes exigencias sociales nos obligan a preparar abogadas y abogados técnicamente competentes, éticamente sólidos y profundamente sensibles.
Expreso mi reconocimiento a quienes hoy estudian esta noble profesión y a quienes honran diariamente el juramento de poner el conocimiento al servicio de los demás. Mi gratitud, es para todas las generaciones que durante estos más de veinticinco años, me han permitido compartir el aula. Cada una de ellas ha dejado una huella imborrable en mi vida como docente y como universitario. Al final, los mayores reconocimientos no se reciben en una ceremonia, se reflejan en el éxito, la integridad y el compromiso de las y los egresados. Ese es, sin duda, el mayor privilegio que puede tener un profesor, ver que sus estudiantes continúan escribiendo, con su trabajo y sus valores, la mejor historia de la Facultad de Jurisprudencia.






