Acapulco, Guerrero, fue escenario de un hallazgo arqueológico sin precedentes: una antigua ciudad prehispánica que data de hasta mil 600 años atrás. 

La ciudad perdida, que cubre un vasto terreno de 334 hectáreas, es un tesoro petrograbados, calendarios circulares y la representación de una deidad de la lluvia.

Sin embargo, uno de los descubrimientos más intrigantes es un petrograbado de un mono muy similar a una figura de la cultura Nazca en Perú. Esta conexión ha llevado a los arqueólogos a especular sobre la posibilidad de que un viajero antiguo haya llevado estas figuras de un lugar a otro, lo que explicaría la aparición de una nave tripulada por un ser humano en otras zonas arqueológicas de Acapulco.

Rubén Mendoza, un investigador y ambientalista, señaló que los aficionados a la arqueología han intercambiado formas y figuras similares encontradas tanto en Guerrero como en lugares distantes como Perú y Egipto. Este fenómeno sugiere la existencia de antiguas rutas de intercambio cultural entre civilizaciones prehispánicas.

La ciudad antigua se encuentra a unos 13 kilómetros del centro de Acapulco, uno de los principales destinos turísticos de México conocido por sus playas. Los hallazgos se dispersan en diferentes áreas del Cerro de La Bola, donde anteriormente se ubicaba una pirámide de la cultura Yope. Se cree que esta pirámide se utilizaba para rituales relacionados con el agua, la lluvia y la fertilidad.

Los orígenes de este sitio se remontan al final del período Clásico Temprano, alrededor del año 400 d.C. Su apogeo ocurrió durante el Epiclásico, entre los años 600 y 900, y fue abandonado durante el Posclásico temprano, que abarca de 900 a 1200. A pesar del paso de los siglos, muchos vestigios de la civilización que una vez habitó Acapulco todavía pueden apreciarse, aunque algunos presentan un desgaste debido a la exposición al ácido y la pintura.

Este sitio arqueológico también se ha convertido en un destino preferido para quienes practican deportes extremos, ya que ofrece oportunidades excepcionales para la escalada, gracias a su ubicación entre los 25 y 275 metros sobre el nivel del mar y su altura de aproximadamente 3 kilómetros.

Los estudiosos han concluido que las piedras en el Cerro de La Bola eran una forma de señalización utilizada por los antiguos habitantes, indicando lugares significativos o áreas de importancia ritual. Para los residentes locales, este sitio se volvió sagrado, y trabajan junto con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) para preservar y proteger estas antiguas obras rupestres, evitando el saqueo y el vandalismo que podrían dañar esta invaluable herencia cultural.