Ciudad de México.- Aunque siempre se ha considerado a sí mismo como un hombre evangélico y creyente de Cristo, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, tiene un nuevo enemigo público al menos en sus discursos: la iglesia católica.

Todo comenzó el pasado 20 de junio cuando dos sacerdotes jesuitas fueron asesinados en la Sierra Tarahumara, al norte de México. Los religiosos fueron masacrados por un integrante del crimen organizado local, que los mató a tiros luego de que ambos padres recibieran en su iglesia a un guía de turistas al que estaba persiguiendo previamente.

Desde entonces, las tensiones entre el mandatario mexicano y la iglesia católica han ido en ascenso. López Obrador niega que su estrategia de seguridad sea errada. Confía en su lema de «abrazos, no balazos». Pero la iglesia es incrédula. Cree que el Gobierno, más allá de comportarse pacíficamente, ha caído en la inacción frente a la violencia. El presidente respondió con ataques.

«¿Qué quieren los sacerdotes? ¿Que resolvamos los problemas con violencia? ¿Vamos a apostar a la guerra? ¿Por qué no actuaron [os sacerdotes] con [el expresidente Felipe] Calderón de esa manera?, ¿Por qué callaron cuando se ordenaron las masacres cuando se puso en práctica el ‘mátalos en caliente’? ¿Por qué esa hipocresía? Eso no se debe permitir a nadie y mucho menos a un religioso, sea pastor de una Iglesia evangélica, o sea sacerdote», dijo López Obrador durante su conferencia de prensa del 30 de junio.

Monseñor Ramón Castro y Castro, secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano, contestó los ataques desde la Presidencia. Aseguró que ningún religioso de su institución ha sido hipócrita e insistió en que el Gobierno ha perdido el control de varias zonas del país a causa de la violencia.

«Jamás nos hemos callado, jamás hemos hecho a un lado nuestro deber. No somos hipócritas y no hemos callado cuando hemos tenido que hablar», afirmó el líder católico de México en una entrevista con Radio Fórmula.


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