Hay imágenes que, por sí solas, explican un proyecto político mejor que mil discursos. La escena del ministro “del pueblo” de la Suprema Corte, detenido en plena calle mientras dos de sus colaboradores —uno de ellos una mujer— se agachan para limpiarle los zapatos, es una de ellas. No se trata de un detalle menor ni de una anécdota amplificada por la oposición: es un retrato descarnado de lo que el poder se ha convertido bajo la narrativa de la falsa austeridad.

Todo alrededor del episodio es reprobable. Lo es el acto mismo, que implica una relación jerárquica llevada al extremo de la humillación pública. Lo es la explicación posterior, esa torpe justificación del “café y la nata”, como si el problema fuera la sustancia derramada y no la normalización de que dos subordinados se arrodillen para resolverla. Y lo es, también, la defensa que llega desde la Presidencia, minimizando el hecho y llamando a no “sobredimensionarlo”, como si la dignidad de los empleados públicos fuera un asunto secundario.

Durante años, Morena construyó su legitimidad sobre un discurso de superioridad moral. Austeridad republicana, cercanía con el pueblo, ruptura con los excesos del pasado. Sin embargo, la realidad insiste en mostrar otra cosa: no sólo no son distintos, sino que en muchos casos son peores.

Porque el abuso del poder no se expresa únicamente en el desvío de recursos, sino en los gestos cotidianos que revelan cómo se concibe la autoridad y cómo se trata a los demás.
Resulta especialmente grave que en este episodio la humillación recaiga, además, sobre una mujer. Se ha repetido, también hasta el cansancio, que “llegaron todas”. Pero la escena demuestra que no todas llegaron, o al menos no llegaron a un espacio donde su dignidad esté garantizada frente al poder. Cuando desde la cúspide del Estado se justifica un acto así, el mensaje es claro: la igualdad y el respeto son consignas útiles para el discurso, no principios que orienten la conducta.

El caso también desnuda la gran farsa de la llamada Reforma Judicial. Se prometió un Poder Judicial sometido al escrutinio popular, austero, sensible a las desigualdades. En los hechos, lo que vemos es la reproducción —y en algunos aspectos la profundización— de las peores prácticas del viejo régimen: soberbia, prepotencia y una distancia abismal entre quienes mandan y quienes obedecen.

La imagen del ministro sonriendo mientras le limpian los zapatos no es un accidente. Es coherente con un proyecto político que confunde respaldo popular con impunidad moral, y legitimidad electoral con permiso para todo. Por eso, más allá del personaje, lo verdaderamente preocupante es el sistema de valores que ese gesto revela.

Al final, la consigna se confirma una vez más. Su “No somos iguales” es lo único que en Morena es verdad, porque,en efecto, no lo son: son increíblemente peores, porque jamás a nadie en el pasado se le hubiera ocurrido semejante bajeza. Porque, nadie en el pasado utilizaba la pobreza de los demás, como pretexto para que le limpien los zapatos.