Durante años nos preocupó que nuestras niñas, niños y jóvenes tuvieran acceso a la tecnología. Hoy el desafío es distinto: garantizar que la tecnología no termine por desplazar aquello que más necesitan para aprender, convivir y desarrollarse.

No se trata de demonizar los celulares ni las redes sociales. Son herramientas valiosas para estudiar, comunicarse e innovar. El problema comienza cuando ocupan el lugar central la atención en clase, del descanso, del deporte y de la convivencia familiar.

Como maestra he visto estudiantes brillantes distraídos por una notificación. También he escuchado a madres y padres preocupados porque sus hijos pasan más tiempo frente a una pantalla que conversando con su familia. La evidencia también es clara: el uso excesivo de dispositivos digitales afecta la concentración, el sueño y el bienestar emocional de niñas, niños y adolescentes.

Por eso no debemos esperar más, para aplicar reglas que limiten el uso de celulares durante clase e impulsar campañas dirigidas a familias y estudiantes para promover hábitos digitales saludables. No buscamos prohibir la tecnología, sino enseñarla a usar con responsabilidad.

La educación siempre ha consistido en preparar a las nuevas generaciones para el futuro. Ese futuro será digital, sin duda, pero también exige pensamiento crítico, disciplina, empatía y capacidad de convivir. Ninguna aplicación puede sustituir esos aprendizajes.

Defender la escuela es también proteger el tiempo para aprender. Porque una pantalla puede ofrecer información, pero solo una educación de calidad forma ciudadanos libres, responsables y capaces de construir un mejor Coahuila.