El 2 de noviembre es sin duda una fecha que caracteriza al corazón de todos los mexicanos. Nos hemos burlado de cualquier tipo de tragedia que azota nuestras vidas, pero de la muerte… Eso es llegar demasiado lejos. En el fondo sabemos que ese miedo que tenemos a dejar este plano, se aminora un poquito si le ponemos humor. Por eso las calaveras, los colores, la fiesta que celebra la vida y la muerte.
Es importante cómo llegamos y cómo nos vamos; no podemos evitar sentir impotencia, sufrimiento e indignación cuando hablamos de las muertes que para los poderosos no importan, incluso que hasta los hacen sentir aliviados.
Hoy, además de ser el Día de todos los Fieles Difuntos, es el Día Internacional para poner fin a la impunidad de los crímenes contra los periodistas». Nuestro país ocupa el sexto lugar en el Índice de Impunidad Global, del Comité para la Protección de los Periodistas. Del total de crímenes contra este gremio, en los últimos 10 años, en el 81 por ciento de los casos nadie ha sido enjuiciado.
Hasta el 31 de agosto de este año, en nuestro país se habían cometido tres homicidios contra periodistas en completa impunidad, el único país que supera esta cifra es Afganistán.
Antes que flores, comida, bebidas, veladoras o fotografías, ellos merecen paz. Sus familias merecen paz. Ellos también son nuestros muertos y merecen que la justicia sea el principal freno para todos aquellos que buscaron callar su voz. No los mató el compromiso ciudadano que tuvieron hasta el último de sus días al informar de forma veraz, los mató la incapacidad de un Gobierno de escuchar algo distinto a las adulaciones y alabanzas. La ineptitud para perseguir y castigar los delitos que favorecen sus intereses y sus riquezas.
La ciudadanía merece la verdad, pero quienes ejercen el periodismo merecen protección en la búsqueda de ella.






