En Coahuila, la escuela no puede sola. Como legisladora y maestra, lo digo con claridad: la educación es una responsabilidad compartida que comienza en el hogar y se fortalece en el aula. Cuando ese vínculo se rompe, las consecuencias son visibles: más conflictos, menos respeto y un ambiente que deja de ser propicio para aprender.
Hoy enfrentamos una realidad preocupante. El aumento del acoso escolar y las agresiones hacia docentes no es casualidad; es reflejo de lo que nuestras niñas, niños y adolescentes aprenden —o dejan de aprender— fuera de la escuela. No podemos seguir delegando en las maestras y maestros la formación en valores, límites y respeto que corresponde, en primera instancia, a la familia.
La escuela orienta, acompaña y forma académicamente, pero no sustituye las responsabilidades y roles insustituibles de madres y padres. Cuando las familias se involucran, los resultados son contundentes: mejora la convivencia, disminuyen los conflictos y se fortalecen los aprendizajes.
Por ello, he propuesto exhortar a las autoridades educativas a reforzar estrategias de concientización dirigidas a madres y padres de familia. No se trata de señalar, sino de reconstruir una alianza indispensable.
Recuperar la corresponsabilidad educativa es también reconstruir el tejido social. Se trata de fomentar ambientes de paz. Si queremos escuelas seguras, con respeto y oportunidades reales de aprendizaje, debemos empezar por casa. Educar no es una tarea individual: es un compromiso compartido entre padres y madres, con los docentes. Y que comienza en el hogar.






