Fue terrorismo y tratar de tipificarlo como delincuencia organizada no quita el clima de miedo por la creciente inseguridad en Michoacán.
Además, el atentado incorpora un grave elemento que no se había registrado en nuestro país.
El conductor del coche que estalló y mató a seis personas sabía que iba a morir.
Actuó como kamikaze, igual que el joven que asesinó a Carlos Manzo, que sabía que moriría al ejecutar al alcalde de Uruapan.
El coche bomba, terrorismo, porque genera terror, estalló frente a una paletería a donde van niños y niñas y en un sector de Coahuayana donde hay carnicerías y una farmacia, es decir, lugares a donde asiste mucha gente que eran objetivo del atentado.
El Gobierno federal lo atribuyó a disputas entre las organizaciones delictivas, pero en la realidad es una expresión de un Gobierno fallido y de otro gobernador morenista implicado en la protección a ciertos grupos delictivos a cambio de votos y de dinero.
No verlo en la realidad de la ingobernabilidad equivale al fracaso del Plan Michoacán, que surge por el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo.
La realidad aviva las protestas, pero sobre todo el miedo que ocurre no solo en Michoacán, sino en Sinaloa, Guerrero, Veracruz y otros estados gobernados por figuras morenistas que impuso el expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Al margen de lo que piense o haga Estados Unidos y su presidente Trump, nuestro país está inmerso en inseguridad y en escándalos que han ocasionado, en lo político, un desgaste acelerado de la marca Morena.






