Cada que viaje a Monterrey, por la libre o por la autopista, lo hace con el Jesús en la boca.

Por el miedo a sufrir un accidente o por la angustia de quedar varado por horas y horas por un tráiler que se volcó, o por los deslaves, o por cualquier incidente.

Es increíble que el Gobierno federal no responda a una exigencia más que justificada por la conexión cada vez más intensa entre ambas ciudades.

No solo de particulares, sino del intercambio comercial, pero nada importa a la Federación, como tampoco le importa reducir los riesgos de accidentes en el tramo de Los Chorros en la carretera 57 a la Ciudad de México.

El gobernador Manolo Jiménez ya presentó el proyecto para ampliar a cuatro carriles la carretera libre Saltillo-Monterrey.

Es decir, de este lado se pide lo justo y de enfrente la respuesta es la sordera.

La esperanza se llama Claudia y se apellida Sheinbaum.

Que apoye al Gobierno de Coahuila en la modernidad de la infraestructura carretera, en el sistema de salud, educación, entre otros rubros.

Que cumpla con el significado de la justicia, darle a cada quien lo que le corresponde y a Coahuila le corresponde mucho más de lo que ahora recibe de la Federación por los impuestos que genera y el Producto Interno Bruto que provienen de su intensa actividad económica.

Hoy el éxito es castigo y hoy prevalece el Jesús en la boca cada vez que se sube a su auto, viaja en autobús, o los traileros cada vez que viajan a Monterrey o de Monterrey a Saltillo por la libre, pero también, y aunque pague, por la autopista.