Se cuenta que la madrugada del 16 de septiembre de 1810, mientras estaban bebiendo chocolate, los héroes de la patria comenzaron la revuelta que más tarde se conocería como Guerra de Independencia Mexicana.
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A principios del siglo XIX, los platillos que hoy llamamos patrios tenían otros nombres y otras recetas, en las cocinas había un metate para cada ocasión: uno para guisos, chiles y otro para el chocolate, siempre por separado para evitar la mezcla de los sabores.
La sociedad estaba dividida en castas, lo cual no sólo determinaba su posición en la Nueva España, sino también lo que llevaban a su plato.
Según el artículo “La independencia y la comida”, de Edmundo Escamilla y Yuri de Gortari, las personas mestizas y de los diversos pueblos originarios acostumbraban una dieta con tortillas, basada en la milpa y en la base prehispánica de chile, maíz, frijol y calabaza.
Según el artículo “La independencia y la comida”, de Edmundo Escamilla y Yuri de Gortari, las personas mestizas y de los diversos pueblos originarios acostumbraban una dieta con tortillas, basada en la milpa y en la base prehispánica de chile, maíz, frijol y calabaza.

“Chiles militares y pollos gachupines”

Existe el manuscrito de un recetario fechado en “La Nueva España de 1817” que nos permite imaginar cómo era la vida cotidiana en las cocinas antes de que todos los platillos fueran tricolores. El investigador José Luis Curiel Monteagudo explica que en ese documento es de una marcada influencia española y no se incluyen antojitos cotidianos, como enchiladas, sopes, tacos o tamales, porque eran de conocimiento popular.
Años después, ya podríamos encontrar nuestras queridas garnachas en libros como El cocinero mexicano, otro recetario anónimo que se publicó en la Ciudad de México en 1831.
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De acuerdo con José Luis Curiel Monteagudo, “hay que recordar que en la cocina de aquella época el médico, el boticario y el cocinero estaban hermanados y la mayoría de las medicinas se hacían en los fogones”.
Había otros platillos llamados “pollo gachupín”, “séquito real”, “longanizas reales”, “estofado de religión”, “migas espiscopales”, “mole de monjas”… Se comían albondigones, huevos, embutidos hechos a mano y chorizos que usualmente eran blancos, no rojos.

Entre las labores cotidianas, las cocineras cuajaban la “lechi” con cardo santo para hacer quesos, hacían conservas de jitomate y otras frutas, soletas, buñuelos, “atole de haba” para los enfermos, “ojalá los melancólicos desayunaran con él”, describe el recetario.
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En la ahora Ciudad de México ya existían paseos como Bucareli o la Alameda Central, la gente acudía a comer antojitos al canal de La Viga.








