Durante décadas, Pemex fue presentada como uno de los grandes activos estratégicos de México: una empresa capaz de generar riqueza, financiar buena parte del gasto público y sostener la soberanía energética del país. Hoy conserva una enorme importancia económica y energética, pero también arrastra una estructura financiera y operativa que obliga a preguntarnos cuánto más puede seguir cargando México con sus problemas.

Los números explican la dimensión del reto. Al cierre de marzo de 2026, Pemex tenía compromisos por alrededor de 99 mil 800 millones de dólares, considerando deuda financiera y obligaciones con proveedores. Eso la colocaba como la segunda petrolera más endeudada del mundo. Más preocupante todavía: su patrimonio reportaba un saldo negativo equivalente a 104 mil millones de dólares.

Los proveedores también están pagando la factura. Pemex acumulaba 375 mil millones de pesos en adeudos con ellos y acordó diferir hasta 2033 alrededor de dos terceras partes de esa cantidad. Es decir, una parte importante del problema simplemente se trasladó hacia adelante.

Y aquí aparece el problema de fondo: durante años se ha querido administrar Pemex como símbolo político antes que como empresa. Refinar más suena magnífico en un discurso sobre soberanía; perder dinero refinando, bastante menos.

Mientras Saudi Aramco y ExxonMobil obtuvieron márgenes positivos de refinación en 2024 y 2025, Pemex registró márgenes negativos. En 2024, por ejemplo, su margen fue de -66.22 dólares por barril, frente a 23.47 dólares de Aramco y 21.46 de Exxon.

La exploración y producción tampoco escapan al problema. Un análisis de Welligence señala que Pemex mantiene 95 campos de baja rentabilidad que producen juntos apenas 81 mil barriles diarios de petróleo crudo equivalente, menos de lo que aporta individualmente Ixachi. Mientras tanto, sólo 36 campos concentran 85% del valor de su portafolio.

Hay que reconocer también los datos favorables más recientes. Pemex reportó para el segundo trimestre de 2026 una utilidad neta de 18 mil millones de pesos y una reducción de 9.1% en su deuda financiera respecto al cierre de 2025.

Son avances relevantes. Pero un buen trimestre no borra una década caracterizada por pérdidas recurrentes, dependencia de transferencias públicas y enormes presiones financieras. Entre 2015 y 2025, Pemex sólo registró utilidades en 2022 y 2023; después volvió a los números rojos.

El debate, por tanto, no debería ser si queremos o no a Pemex. México necesita una petrolera fuerte. Precisamente por eso debemos dejar de tratarla como tótem ideológico.

Pemex necesita decisiones técnicas, disciplina financiera, inversión rentable y colaboración con capital privado cuando resulte conveniente. Necesita producir donde tiene sentido económico producir y refinar cuando hacerlo genere valor, no simplemente porque una consigna política diga que así debe hacerse.

Porque una empresa pública no demuestra patriotismo acumulando pérdidas. Lo demuestra generando valor para los mexicanos.

Pemex debería volver a ser una fuente de riqueza nacional. Mientras siga utilizándose para sostener discursos antes que resultados, continuará siendo exactamente lo contrario: una enorme factura que terminamos pagando todos.