Ciudad de México.- En México, la alimentación cotidiana ha dejado de responder al antojo para convertirse en una decisión marcada por el presupuesto. El impacto de la inflación ha modificado los hábitos de consumo, obligando a millones de personas a calcular cada gasto frente al plato. Lo que antes era una rutina básica, hoy se percibe como una carga económica que exige mayores ingresos para mantenerse.
El incremento en los precios no ha sido menor. En los últimos ocho años, la canasta alimentaria registró un aumento de 67 por ciento, superando ampliamente la inflación general del país. Esto significa que productos que antes podían adquirirse con alrededor de mil 500 pesos ahora requieren casi el doble. Actualmente, una persona en zonas urbanas necesita 2 mil 571 pesos mensuales para cubrir su alimentación básica, mientras que en áreas rurales el gasto pasó de mil 150 a mil 940 pesos, reflejando un deterioro significativo en el poder adquisitivo.
Diversos factores explican este encarecimiento, entre ellos el alza en alimentos por encima de otros productos, el aumento en combustibles y un crecimiento salarial que no logra seguir el mismo ritmo. A esto se suma un contexto laboral adverso, con menor generación de empleo formal y pérdida de registros patronales, lo que agrava la presión económica en los hogares. El resultado es un círculo complejo donde el aumento del costo de vida, la inestabilidad laboral y la disminución del consumo se retroalimentan, haciendo que comer bien sea cada vez más difícil para amplios sectores de la población.






