Una silla vacía en un salón de clases nunca debería parecernos normal. Detrás de una inasistencia constante puede haber mucho más que una falta escolar: porque puede esconder trabajo infantil, violencia familiar, explotación o abandono.

En Coahuila, esta realidad existe. No podemos ignorarla. Mientras miles de niñas y niños deberían estar aprendiendo, jugando y construyendo sueños, algunos hoy están trabajando en condiciones que vulneran su derecho a la infancia.

Otros aparecen en cruceros pidiendo dinero durante horarios escolares. Y muchos más permanecen invisibles. Pero se encuentran atrapados en entornos donde estudiar no es prioridad. Porque sobrevivir se volvió urgente.

Las cifras son alarmantes. En México, el trabajo infantil creció de 3.3 millones de menores en 2019 a 3.7 millones en 2022. En Coahuila, alrededor de 28 mil menores realizan actividades laborales no permitidas para su edad, y más de 12 mil de ellos ni siquiera asisten a la escuela.

Cada niña y niño que abandona las aulas pierde mucho más que clases: pierde oportunidades, desarrollo, y la libertad para construir su futuro.

Me duele reconocerlo: a esas niñas, niños y jóvenes, que de manera reiterada no asisten a la Escuela, les estamos fallando, como sociedad.

Pero también tengo claro que proteger la educación también significa detectar a tiempo estas señales de peligro. Por eso, desde el Congreso, estamos impulsamos acciones coordinadas entre autoridades educativas y municipios para identificar ausencias reiteradas y atender posibles casos de explotación.

La infancia no se recupera. Defender el derecho de nuestras niñas y niños a estudiar también es defender su derecho a vivir plenamente su niñez.